La primera acepción del DRAE para la palabra "candanga" es "diablo". Pero aquí en Venezuela "candanga" es algo que está que arde, que es un problemón, que es difícil. El nombre, entonces, no pudo estar mejor escogido para el estreno del presidente en Twitter.
Digan lo que digan, la situación por la que atraviesa el país es muy tensa, muy inestable y muy, muy delicada. El acelerón del comunismo no está dando los resultados que el Gobierno esperaba y como siempre hacen, buscan echarle la culpa a los mismos de siempre: los americanos (OF COURSE!), los burgueses (no los boliburgueses), los gobernadores y alcaldes de oposición (que lo que quieren es real, cuando deberían pedir qué ¿chipichipis?), las ONG's (para descalificar denuncias como las de Rocío San Miguel y Franklin Brito), los escuálidos (todo el que protesta) y siga usted la lista, amigo lector. El Gobierno no asume -y por el camino que va jamás asumirá- ni su incompetencia ni su ineficiencia y mucho menos su rotundo fracaso. Por cada acierto tiene mil desaciertos: así no puede marchar un país.
Como no pueden poner nada a funcionar, expropian. Pero expropiar no resuelve el problema de productividad. ¿Qué ha sido de Cemex? ¿De las empresas de la Costa Oriental? ¿Del Hipermercado Éxito? ¿De Sidor, Alcasa, Venalum, Cantv? ¿De todos los hatos productivos que han tomado? Cuando lo que expropian -o toman por la fuerza- no funciona, importan. Para importar necesitan dólares (sí, de esos que la diputada Varela cree que no se necesitan si uno vive en Venezuela). De ésos se van millones al día, no necesariamente a través de las casas de bolsa, sino en maletines en aviones oficiales donde, si se descubren, no pasa nada.
Es tanta la ineptitud que en once años no pudieron procurarles a los niños de Nirgua una piscina para que pudieran bañarse, ni un lugar bonito donde pudieran jugar, y terminaron robándole la finca a Diego Arria. Paséese por Nirgua y sus alrededores para que vea el montón de terrenos donde hubieran podido montar un lugar como La Carolina... Pero es probable que ellos no pertenezcan a alguien que el régimen considere enemigo.
Vivimos en un país candanga, sin duda. Y no pasa nada. Es como si a la población y las instituciones les hubieran echado somnífero... ¿Burundanga?
lunes, 24 de mayo de 2010
lunes, 17 de mayo de 2010
Las dos Iglesias
Como católica me he sentido profundamente abatida por los escándalos de pedofilia en el seno de la Iglesia Católica. La pedofilia es un crimen y quienes la practican deberían estar presos, no tapareados o enviados a otro lugar donde puedan volver a cometer sus aberrantes actos.
Por más que lo pienso no entiendo cómo miembros de la alta jerarquía eclesiástica no tomaron las decisiones que debían tomar en el momento en que debieron tomarlas. ¿No resulta obvio que había que detener a los pedófilos y entregarlos a la justicia? ¿Cuáles fueron los criterios que permitieron que esos abusos se siguieran cometiendo? Porque se siguieron cometiendo y en un número importante de casos los pervertidos eran los mismos. El Arzobispo de Boston, Bernard Cardenal Law, fue el primer alto jerarca forzado a renunciar luego de que el Boston Globe divulgó las denuncias de abusos de las que el cardenal había tenido conocimiento y optó por encubrir. Muchos sacerdotes católicos presionaron para que renunciara.
Tampoco encuentro explicación de por qué el Papa Benedicto XVI le dio tantas largas al asunto. No quiero pensar que también trató de esconderlo.
Y es que parece que hubiera dos iglesias. Una es la Iglesia Católica en la que creo, la de miles de religiosos buenos, nobles, comprometidos, generosos, que han dedicado sus vidas a ayudar a otros en nombre de Cristo y a llevar el mandamiento de amarse los unos a los otros hasta donde nunca antes ha llegado. La otra, la que ni siquiera quiero llamar “iglesia”, la de unos centenares de pervertidos, una minoría, ciertamente, pero que ha causado un daño exponencial.
Y estoy segura de que ese daño ha sido mayor por haber escondido los hechos… Hay más justos que pecadores en esta historia, pero esos justos están pagando por culpas que no son suyas. Deseable hubiera sido que la misma Iglesia hubiera investigado las denuncias, expuesto a los culpables y entregado a la justicia de cada país. El hábito definitivamente no hace al monje y la sotana no puede ser una patente de corso para delinquir.
Como católica exijo acciones concretas que detengan de una vez y para siempre estos horrores que nada tienen que ver con la doctrina, el mensaje de amor de Cristo y los miles de sacerdotes que sí han vivido de acuerdo a ellos.
Por más que lo pienso no entiendo cómo miembros de la alta jerarquía eclesiástica no tomaron las decisiones que debían tomar en el momento en que debieron tomarlas. ¿No resulta obvio que había que detener a los pedófilos y entregarlos a la justicia? ¿Cuáles fueron los criterios que permitieron que esos abusos se siguieran cometiendo? Porque se siguieron cometiendo y en un número importante de casos los pervertidos eran los mismos. El Arzobispo de Boston, Bernard Cardenal Law, fue el primer alto jerarca forzado a renunciar luego de que el Boston Globe divulgó las denuncias de abusos de las que el cardenal había tenido conocimiento y optó por encubrir. Muchos sacerdotes católicos presionaron para que renunciara.
Tampoco encuentro explicación de por qué el Papa Benedicto XVI le dio tantas largas al asunto. No quiero pensar que también trató de esconderlo.
Y es que parece que hubiera dos iglesias. Una es la Iglesia Católica en la que creo, la de miles de religiosos buenos, nobles, comprometidos, generosos, que han dedicado sus vidas a ayudar a otros en nombre de Cristo y a llevar el mandamiento de amarse los unos a los otros hasta donde nunca antes ha llegado. La otra, la que ni siquiera quiero llamar “iglesia”, la de unos centenares de pervertidos, una minoría, ciertamente, pero que ha causado un daño exponencial.
Y estoy segura de que ese daño ha sido mayor por haber escondido los hechos… Hay más justos que pecadores en esta historia, pero esos justos están pagando por culpas que no son suyas. Deseable hubiera sido que la misma Iglesia hubiera investigado las denuncias, expuesto a los culpables y entregado a la justicia de cada país. El hábito definitivamente no hace al monje y la sotana no puede ser una patente de corso para delinquir.
Como católica exijo acciones concretas que detengan de una vez y para siempre estos horrores que nada tienen que ver con la doctrina, el mensaje de amor de Cristo y los miles de sacerdotes que sí han vivido de acuerdo a ellos.
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Gilberto
La primera vez que Gilberto vino a Venezuela tenía dieciséis años. Apenas nos montamos en el carro para subir a Caracas me preguntó cuál era el límite de velocidad:
- En realidad, aquí no hay tal cosa como límite de velocidad – le respondí.
- ¿No hay? ¿Y cuál es la edad mínima para tomar licor?- preguntó de inmediato.
- Tampoco hay una edad mínima para tomar…
Arrobado, soltó un “¡yesss!” acompañado de una seña de triunfo.
Cuando ya había cumplido dieciocho años regresó. Al día siguiente de haber llegado me pidió que lo llevara a comprarse un zarcillo.
- Mi mamá sabe… mi papá no, no le gusta – me dijo.
Ya para entonces manejaba y no había cosa que le gustara más que pasar en rojo un semáforo cercano a mi casa que nadie respetaba. Eso le producía un placer orgásmico. Pasaba el día entero subiendo y bajando. Se ofrecía de voluntario para hacer cualquier diligencia. Y si la luz estaba verde, esperaba que se pusiera roja para entonces pasar.
- ¿Sabes cuántas veces pasé hoy el semáforo en rojo?- me decía.
- ¿Cuántas?
- Doooce – y cerraba los ojos mientras arrastraba la cifra.
Cuando lo llevé al aeropuerto al fin de las vacaciones le advertí que se quitara el zarcillo. Me aseguró que se lo quitaría tan pronto estuviera “de vuelta a la vida real”, que no era otra cosa que pisar suelo estadounidense. Me abrazó y juró volver muy, muy pronto.
- Siempre supe que había nacido en el lugar equivocado- fue su despedida.
Y yo me quedé pensando cuál era el “lugar equivocado”.
- En realidad, aquí no hay tal cosa como límite de velocidad – le respondí.
- ¿No hay? ¿Y cuál es la edad mínima para tomar licor?- preguntó de inmediato.
- Tampoco hay una edad mínima para tomar…
Arrobado, soltó un “¡yesss!” acompañado de una seña de triunfo.
Cuando ya había cumplido dieciocho años regresó. Al día siguiente de haber llegado me pidió que lo llevara a comprarse un zarcillo.
- Mi mamá sabe… mi papá no, no le gusta – me dijo.
Ya para entonces manejaba y no había cosa que le gustara más que pasar en rojo un semáforo cercano a mi casa que nadie respetaba. Eso le producía un placer orgásmico. Pasaba el día entero subiendo y bajando. Se ofrecía de voluntario para hacer cualquier diligencia. Y si la luz estaba verde, esperaba que se pusiera roja para entonces pasar.
- ¿Sabes cuántas veces pasé hoy el semáforo en rojo?- me decía.
- ¿Cuántas?
- Doooce – y cerraba los ojos mientras arrastraba la cifra.
Cuando lo llevé al aeropuerto al fin de las vacaciones le advertí que se quitara el zarcillo. Me aseguró que se lo quitaría tan pronto estuviera “de vuelta a la vida real”, que no era otra cosa que pisar suelo estadounidense. Me abrazó y juró volver muy, muy pronto.
- Siempre supe que había nacido en el lugar equivocado- fue su despedida.
Y yo me quedé pensando cuál era el “lugar equivocado”.
lunes, 10 de mayo de 2010
Chávez no tiene amigos
Chávez no tiene amigos
El Presidente de la República está solo, no me queda duda. Solo, a pesar de su inmenso poder. Solo, a pesar de su abultada chequera. Solo, a pesar de su nada despreciable legión de seguidores.
Y es que no puede ser de otra manera: si tuviera amigos, aunque fueran uno o dos, ya éstos le hubieran dicho algunas verdades que podrían evitar que nuestro país siga desangrándose en manos del hampa rampante, con muy deficientes servicios básicos, las arcas públicas saqueadas, eventualmente envuelto en una guerra entre hermanos, pasando por las penurias de depender de una libreta de racionamiento, con las industrias (privadas y públicas) destrozadas y las tierras, antes productivas, ahora desoladas.
No es posible que entre tanta gente que se sienta a aplaudir todas las cosas que se le ocurren al Presidente, no haya uno siquiera que le tenga el suficiente cariño para decirle que estamos caminando en contra de la historia, que él podría haber sido un líder que llevara al país hacia la prosperidad, y no por el seguro camino que lleva hacia la ruina ¿No hay un alma caritativa no sólo con él, sino con Venezuela, que le diga que aún está a tiempo de cambiar su manera de ser y proceder?
Porque un amigo es alguien que escogemos por lo que nos dice, no por lo que calla cuando tiene que hablar. Un amigo, simplemente por ser amigo, está obligado a aplaudir nuestros triunfos, pero también a llamarnos la atención sobre nuestros errores. Un amigo tiene el deber de criticarnos, no de guardar silencios cómplices. El deber de apelar a nuestra razón y a nuestros sentimientos, no de asentir sobre lo que no está de acuerdo.
Un amigo tiene que decir la verdad aunque duela, porque tiene que dolerle aún más la mentira. Un amigo –aún a riesgo de que se pierda la amistad- no debe avalar y menos actuar si eso significa ir en contra de sus convicciones.
Por esto estoy tan segura de que el Presidente Chávez está sólo. ¡Qué triste, cuán contradictorio y qué irónico resulta que lo que deberían decirle sus amigos se lo decimos quienes considera sus enemigos y por eso no lo cree!
De cualquier manera va el llamado para quienes le tengan afecto al Presidente: atrévanse a hablarle. Si no lo hacen, la Patria, más temprano que tarde se los demandará. De eso no les quepa la menor duda.
El Presidente de la República está solo, no me queda duda. Solo, a pesar de su inmenso poder. Solo, a pesar de su abultada chequera. Solo, a pesar de su nada despreciable legión de seguidores.
Y es que no puede ser de otra manera: si tuviera amigos, aunque fueran uno o dos, ya éstos le hubieran dicho algunas verdades que podrían evitar que nuestro país siga desangrándose en manos del hampa rampante, con muy deficientes servicios básicos, las arcas públicas saqueadas, eventualmente envuelto en una guerra entre hermanos, pasando por las penurias de depender de una libreta de racionamiento, con las industrias (privadas y públicas) destrozadas y las tierras, antes productivas, ahora desoladas.
No es posible que entre tanta gente que se sienta a aplaudir todas las cosas que se le ocurren al Presidente, no haya uno siquiera que le tenga el suficiente cariño para decirle que estamos caminando en contra de la historia, que él podría haber sido un líder que llevara al país hacia la prosperidad, y no por el seguro camino que lleva hacia la ruina ¿No hay un alma caritativa no sólo con él, sino con Venezuela, que le diga que aún está a tiempo de cambiar su manera de ser y proceder?
Porque un amigo es alguien que escogemos por lo que nos dice, no por lo que calla cuando tiene que hablar. Un amigo, simplemente por ser amigo, está obligado a aplaudir nuestros triunfos, pero también a llamarnos la atención sobre nuestros errores. Un amigo tiene el deber de criticarnos, no de guardar silencios cómplices. El deber de apelar a nuestra razón y a nuestros sentimientos, no de asentir sobre lo que no está de acuerdo.
Un amigo tiene que decir la verdad aunque duela, porque tiene que dolerle aún más la mentira. Un amigo –aún a riesgo de que se pierda la amistad- no debe avalar y menos actuar si eso significa ir en contra de sus convicciones.
Por esto estoy tan segura de que el Presidente Chávez está sólo. ¡Qué triste, cuán contradictorio y qué irónico resulta que lo que deberían decirle sus amigos se lo decimos quienes considera sus enemigos y por eso no lo cree!
De cualquier manera va el llamado para quienes le tengan afecto al Presidente: atrévanse a hablarle. Si no lo hacen, la Patria, más temprano que tarde se los demandará. De eso no les quepa la menor duda.
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domingo, 9 de mayo de 2010
La historia más increíble del Tío Pachito
Tío Pachito tuvo una vida maravillosa y llena de aventuras a pesar de que era quebradito – nos contaba Tía Natalia – Se le cayó de los brazos a su nana siendo apenas un bebé.
Él fue el primero de la familia en llegar al Mar Muerto, un nombre que a mis hermanos y a mí nos sonaba horrible. ¿Puede morirse un mar? Se muere la gente, se mueren los animales y las plantas…
Pero Tía Natalia no estaba interesada en entrar en disquisiciones sobre la muerte de ese mar, ni nada parecido. Tenía que aprovechar el interés de su pequeña audiencia para contar la historia más increíble de todas las historias de Tío Pachito:
- Tío Pachito descubrió que en el Mar Muerto hay sirenas: él las vio.
- ¡Sirenas! – suspiramos.
- Y no son bellas como la gente cree, son feas y malas.
¡Nosotros no queríamos que las sirenas fueran ni feas ni malas!
- Y hediondas… las sirenas huelen mal – aseguraba Tía Natalia con propiedad.
¿Qué clase de sirenas eran ésas?
- Ellas trataron de matar a Tío Pachito, porque no quieren que la gente se entere de que están en el Mar Muerto.
- ¿Y por qué no se esconden?
- Porque flotan, en el Mar Muerto todo flota. No se pueden esconder.
Desde ese día, las sirenas de Tío Pachito ocuparon un lugar importante en mis miedos nocturnos.
- ¡Las sirenas no existen! – en vano argumentaba mi mamá.
Hace un par de meses, recordé con afecto a Tía Natalia y sus historias del Tío Pachito, cuando -más de cien años después- me convertí en la segunda de la familia en llegar al Mar Muerto.
Él fue el primero de la familia en llegar al Mar Muerto, un nombre que a mis hermanos y a mí nos sonaba horrible. ¿Puede morirse un mar? Se muere la gente, se mueren los animales y las plantas…
Pero Tía Natalia no estaba interesada en entrar en disquisiciones sobre la muerte de ese mar, ni nada parecido. Tenía que aprovechar el interés de su pequeña audiencia para contar la historia más increíble de todas las historias de Tío Pachito:
- Tío Pachito descubrió que en el Mar Muerto hay sirenas: él las vio.
- ¡Sirenas! – suspiramos.
- Y no son bellas como la gente cree, son feas y malas.
¡Nosotros no queríamos que las sirenas fueran ni feas ni malas!
- Y hediondas… las sirenas huelen mal – aseguraba Tía Natalia con propiedad.
¿Qué clase de sirenas eran ésas?
- Ellas trataron de matar a Tío Pachito, porque no quieren que la gente se entere de que están en el Mar Muerto.
- ¿Y por qué no se esconden?
- Porque flotan, en el Mar Muerto todo flota. No se pueden esconder.
Desde ese día, las sirenas de Tío Pachito ocuparon un lugar importante en mis miedos nocturnos.
- ¡Las sirenas no existen! – en vano argumentaba mi mamá.
Hace un par de meses, recordé con afecto a Tía Natalia y sus historias del Tío Pachito, cuando -más de cien años después- me convertí en la segunda de la familia en llegar al Mar Muerto.
lunes, 3 de mayo de 2010
Vivaldi en las cárceles
Los detractores de la globalización no se dan cuenta de que ésta es indetenible. Y en el plano de las comunicaciones, aún más. Poseer un teléfono celular, acceso a Internet y estar suscrito al Twitter es tener el mundo en las manos. La inmediatez de las noticias acabó con las distancias.
El 4 de abril de 2010 en la edición de Nueva York del New York Times, salió un extenso artículo sobre la juez María Lourdes Afiuni. Quienes aquí todavía creen que los lobbies internacionales tapan toda clase de marramuncias, deberían leerlo: es de una claridad meridiana sobre la situación de la justicia en Venezuela. Aunque está dedicado a la juez María Lourdes Afiuni -arrestada luego de que el Presidente Chávez, absolutamente fuera de sí con una decisión que ella tomó, dijo públicamente que Simón Bolívar “la hubiese fusilado”, entre otros epítetos- el artículo también menciona los casos del General Baduel, Franklin Brito y Oswaldo Álvarez Paz.
El caso de la juez Afiuni le ha dado la vuelta al mundo ya varias veces, y ha recibido la condena de cuerpos colegiados. El más reciente del que he tenido noticia es de la Federación de Magistrados Argentinos, que fue distribuido en las Embajadas y organismos competentes en esa nación.
Muchas veces me he preguntado en qué se nos ha convertido el país. Siento que no pertenezco a un país en donde hay tanto odio, tanta inseguridad, tanta mediocridad, tanta hipocresía, tanta corrupción. En un país donde cada noche que uno pone su cabeza en la almohada siente que sobrevivió un día más. ¿Qué calidad de vida es esa? Y la idea de emigrar me da vueltas cada vez con más frecuencia. Si mis bisabuelos que vinieron de Italia y Francia pudieron, y mucho antes los que vinieron de España, ¿por qué yo no?
Estos pensamientos me impulsan cada vez más a buscar razones que me digan, “sí, debo quedarme”. El Sistema de Orquestas es una de esas razones. La maravillosa obra de José Antonio Abreu me da las esperanzas que necesito para seguir.
Por eso cuando leí en el artículo del New York Times que la juez Afiuni, un día en que se sentía particularmente desesperada (está recluida con mujeres que ella sentenció a prisión por drogas y asesinatos), recobró las esperanzas cuando escuchó a la Orquesta Penitenciaria tocando música de Vivaldi, yo también recobré las mías. Si Vivaldi está en las cárceles, nuestro país tiene remedio.
El 4 de abril de 2010 en la edición de Nueva York del New York Times, salió un extenso artículo sobre la juez María Lourdes Afiuni. Quienes aquí todavía creen que los lobbies internacionales tapan toda clase de marramuncias, deberían leerlo: es de una claridad meridiana sobre la situación de la justicia en Venezuela. Aunque está dedicado a la juez María Lourdes Afiuni -arrestada luego de que el Presidente Chávez, absolutamente fuera de sí con una decisión que ella tomó, dijo públicamente que Simón Bolívar “la hubiese fusilado”, entre otros epítetos- el artículo también menciona los casos del General Baduel, Franklin Brito y Oswaldo Álvarez Paz.
El caso de la juez Afiuni le ha dado la vuelta al mundo ya varias veces, y ha recibido la condena de cuerpos colegiados. El más reciente del que he tenido noticia es de la Federación de Magistrados Argentinos, que fue distribuido en las Embajadas y organismos competentes en esa nación.
Muchas veces me he preguntado en qué se nos ha convertido el país. Siento que no pertenezco a un país en donde hay tanto odio, tanta inseguridad, tanta mediocridad, tanta hipocresía, tanta corrupción. En un país donde cada noche que uno pone su cabeza en la almohada siente que sobrevivió un día más. ¿Qué calidad de vida es esa? Y la idea de emigrar me da vueltas cada vez con más frecuencia. Si mis bisabuelos que vinieron de Italia y Francia pudieron, y mucho antes los que vinieron de España, ¿por qué yo no?
Estos pensamientos me impulsan cada vez más a buscar razones que me digan, “sí, debo quedarme”. El Sistema de Orquestas es una de esas razones. La maravillosa obra de José Antonio Abreu me da las esperanzas que necesito para seguir.
Por eso cuando leí en el artículo del New York Times que la juez Afiuni, un día en que se sentía particularmente desesperada (está recluida con mujeres que ella sentenció a prisión por drogas y asesinatos), recobró las esperanzas cuando escuchó a la Orquesta Penitenciaria tocando música de Vivaldi, yo también recobré las mías. Si Vivaldi está en las cárceles, nuestro país tiene remedio.
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Gumersindo
Fue ese día cuando me di cuenta de por qué causaban tanto estupor las cosas que hacía Gumersindo, el jardinero de casa de mi abuela. Para mis hermanos y yo era normal, por ejemplo, que Gumersindo matara un gusano, lo triturara y enterrara sus despojitos al pie de la mata de amapola, y que al día siguiente amanecieran muertos todos los demás gusanos que vivían en la mata, como una gran y peluda alfombra verde, negra, anaranjada y marrón.
Aquella tarde hacía un calor inusual. Acabábamos de almorzar y salimos con pesadez al jardín. Allí estaba Jaime, el taxista que siempre buscaba a mi Tío Pedro. Buscamos sombra en la glorieta de la pila. Un “chiss, chiss, chiss” nos llamó la atención: una culebra cascabel, armada y lista para atacar, estaba frente a nosotros. “No se muevan”, susurró Jaime.
En ese instante apareció Gumersindo. Su presencia nos calmó. Estiró el brazo con el que sostenía la escoba que siempre lo acompañaba y se quedó viendo fijamente a la culebra. La cabeza de ésta comenzó a temblar. La lengua, segundos antes erecta, quedó colgando. Luego le tembló todo el cuerpo. El “chiss, chiss, chiss” ahora sonaba más rápido. ¡Chiss, chiss, chiss, chiss, chiss, chiss!
Finalmente cayó muerta. Nosotros celebramos con alborozo. Pero Jaime, el pobre, estaba espantado. Se echó agua en la cara, balbuceó algo que no entendimos, se montó en el carro y salió en retroceso a toda velocidad. No supimos más de él. No regresó ni a cobrar.
Aquella tarde hacía un calor inusual. Acabábamos de almorzar y salimos con pesadez al jardín. Allí estaba Jaime, el taxista que siempre buscaba a mi Tío Pedro. Buscamos sombra en la glorieta de la pila. Un “chiss, chiss, chiss” nos llamó la atención: una culebra cascabel, armada y lista para atacar, estaba frente a nosotros. “No se muevan”, susurró Jaime.
En ese instante apareció Gumersindo. Su presencia nos calmó. Estiró el brazo con el que sostenía la escoba que siempre lo acompañaba y se quedó viendo fijamente a la culebra. La cabeza de ésta comenzó a temblar. La lengua, segundos antes erecta, quedó colgando. Luego le tembló todo el cuerpo. El “chiss, chiss, chiss” ahora sonaba más rápido. ¡Chiss, chiss, chiss, chiss, chiss, chiss!
Finalmente cayó muerta. Nosotros celebramos con alborozo. Pero Jaime, el pobre, estaba espantado. Se echó agua en la cara, balbuceó algo que no entendimos, se montó en el carro y salió en retroceso a toda velocidad. No supimos más de él. No regresó ni a cobrar.
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