La primera vez que Gilberto vino a Venezuela tenía dieciséis años. Apenas nos montamos en el carro para subir a Caracas me preguntó cuál era el límite de velocidad:
- En realidad, aquí no hay tal cosa como límite de velocidad – le respondí.
- ¿No hay? ¿Y cuál es la edad mínima para tomar licor?- preguntó de inmediato.
- Tampoco hay una edad mínima para tomar…
Arrobado, soltó un “¡yesss!” acompañado de una seña de triunfo.
Cuando ya había cumplido dieciocho años regresó. Al día siguiente de haber llegado me pidió que lo llevara a comprarse un zarcillo.
- Mi mamá sabe… mi papá no, no le gusta – me dijo.
Ya para entonces manejaba y no había cosa que le gustara más que pasar en rojo un semáforo cercano a mi casa que nadie respetaba. Eso le producía un placer orgásmico. Pasaba el día entero subiendo y bajando. Se ofrecía de voluntario para hacer cualquier diligencia. Y si la luz estaba verde, esperaba que se pusiera roja para entonces pasar.
- ¿Sabes cuántas veces pasé hoy el semáforo en rojo?- me decía.
- ¿Cuántas?
- Doooce – y cerraba los ojos mientras arrastraba la cifra.
Cuando lo llevé al aeropuerto al fin de las vacaciones le advertí que se quitara el zarcillo. Me aseguró que se lo quitaría tan pronto estuviera “de vuelta a la vida real”, que no era otra cosa que pisar suelo estadounidense. Me abrazó y juró volver muy, muy pronto.
- Siempre supe que había nacido en el lugar equivocado- fue su despedida.
Y yo me quedé pensando cuál era el “lugar equivocado”.
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lunes, 17 de mayo de 2010
domingo, 9 de mayo de 2010
La historia más increíble del Tío Pachito
Tío Pachito tuvo una vida maravillosa y llena de aventuras a pesar de que era quebradito – nos contaba Tía Natalia – Se le cayó de los brazos a su nana siendo apenas un bebé.
Él fue el primero de la familia en llegar al Mar Muerto, un nombre que a mis hermanos y a mí nos sonaba horrible. ¿Puede morirse un mar? Se muere la gente, se mueren los animales y las plantas…
Pero Tía Natalia no estaba interesada en entrar en disquisiciones sobre la muerte de ese mar, ni nada parecido. Tenía que aprovechar el interés de su pequeña audiencia para contar la historia más increíble de todas las historias de Tío Pachito:
- Tío Pachito descubrió que en el Mar Muerto hay sirenas: él las vio.
- ¡Sirenas! – suspiramos.
- Y no son bellas como la gente cree, son feas y malas.
¡Nosotros no queríamos que las sirenas fueran ni feas ni malas!
- Y hediondas… las sirenas huelen mal – aseguraba Tía Natalia con propiedad.
¿Qué clase de sirenas eran ésas?
- Ellas trataron de matar a Tío Pachito, porque no quieren que la gente se entere de que están en el Mar Muerto.
- ¿Y por qué no se esconden?
- Porque flotan, en el Mar Muerto todo flota. No se pueden esconder.
Desde ese día, las sirenas de Tío Pachito ocuparon un lugar importante en mis miedos nocturnos.
- ¡Las sirenas no existen! – en vano argumentaba mi mamá.
Hace un par de meses, recordé con afecto a Tía Natalia y sus historias del Tío Pachito, cuando -más de cien años después- me convertí en la segunda de la familia en llegar al Mar Muerto.
Él fue el primero de la familia en llegar al Mar Muerto, un nombre que a mis hermanos y a mí nos sonaba horrible. ¿Puede morirse un mar? Se muere la gente, se mueren los animales y las plantas…
Pero Tía Natalia no estaba interesada en entrar en disquisiciones sobre la muerte de ese mar, ni nada parecido. Tenía que aprovechar el interés de su pequeña audiencia para contar la historia más increíble de todas las historias de Tío Pachito:
- Tío Pachito descubrió que en el Mar Muerto hay sirenas: él las vio.
- ¡Sirenas! – suspiramos.
- Y no son bellas como la gente cree, son feas y malas.
¡Nosotros no queríamos que las sirenas fueran ni feas ni malas!
- Y hediondas… las sirenas huelen mal – aseguraba Tía Natalia con propiedad.
¿Qué clase de sirenas eran ésas?
- Ellas trataron de matar a Tío Pachito, porque no quieren que la gente se entere de que están en el Mar Muerto.
- ¿Y por qué no se esconden?
- Porque flotan, en el Mar Muerto todo flota. No se pueden esconder.
Desde ese día, las sirenas de Tío Pachito ocuparon un lugar importante en mis miedos nocturnos.
- ¡Las sirenas no existen! – en vano argumentaba mi mamá.
Hace un par de meses, recordé con afecto a Tía Natalia y sus historias del Tío Pachito, cuando -más de cien años después- me convertí en la segunda de la familia en llegar al Mar Muerto.
lunes, 3 de mayo de 2010
Gumersindo
Fue ese día cuando me di cuenta de por qué causaban tanto estupor las cosas que hacía Gumersindo, el jardinero de casa de mi abuela. Para mis hermanos y yo era normal, por ejemplo, que Gumersindo matara un gusano, lo triturara y enterrara sus despojitos al pie de la mata de amapola, y que al día siguiente amanecieran muertos todos los demás gusanos que vivían en la mata, como una gran y peluda alfombra verde, negra, anaranjada y marrón.
Aquella tarde hacía un calor inusual. Acabábamos de almorzar y salimos con pesadez al jardín. Allí estaba Jaime, el taxista que siempre buscaba a mi Tío Pedro. Buscamos sombra en la glorieta de la pila. Un “chiss, chiss, chiss” nos llamó la atención: una culebra cascabel, armada y lista para atacar, estaba frente a nosotros. “No se muevan”, susurró Jaime.
En ese instante apareció Gumersindo. Su presencia nos calmó. Estiró el brazo con el que sostenía la escoba que siempre lo acompañaba y se quedó viendo fijamente a la culebra. La cabeza de ésta comenzó a temblar. La lengua, segundos antes erecta, quedó colgando. Luego le tembló todo el cuerpo. El “chiss, chiss, chiss” ahora sonaba más rápido. ¡Chiss, chiss, chiss, chiss, chiss, chiss!
Finalmente cayó muerta. Nosotros celebramos con alborozo. Pero Jaime, el pobre, estaba espantado. Se echó agua en la cara, balbuceó algo que no entendimos, se montó en el carro y salió en retroceso a toda velocidad. No supimos más de él. No regresó ni a cobrar.
Aquella tarde hacía un calor inusual. Acabábamos de almorzar y salimos con pesadez al jardín. Allí estaba Jaime, el taxista que siempre buscaba a mi Tío Pedro. Buscamos sombra en la glorieta de la pila. Un “chiss, chiss, chiss” nos llamó la atención: una culebra cascabel, armada y lista para atacar, estaba frente a nosotros. “No se muevan”, susurró Jaime.
En ese instante apareció Gumersindo. Su presencia nos calmó. Estiró el brazo con el que sostenía la escoba que siempre lo acompañaba y se quedó viendo fijamente a la culebra. La cabeza de ésta comenzó a temblar. La lengua, segundos antes erecta, quedó colgando. Luego le tembló todo el cuerpo. El “chiss, chiss, chiss” ahora sonaba más rápido. ¡Chiss, chiss, chiss, chiss, chiss, chiss!
Finalmente cayó muerta. Nosotros celebramos con alborozo. Pero Jaime, el pobre, estaba espantado. Se echó agua en la cara, balbuceó algo que no entendimos, se montó en el carro y salió en retroceso a toda velocidad. No supimos más de él. No regresó ni a cobrar.
lunes, 19 de abril de 2010
La casa de los diablos
En el verano de 1978 nos dio por acercarnos a “la casa de los diablos” en Los Guayabitos. La iniciativa la tomó mi primo Marco, quien había venido de Italia a pasar las vacaciones y se había auto designado como máxima autoridad sobre las cosas que –según él- allí sucedían. Su desorbitada descripción incluía diablos en el jardín (que también han podido ser columpios, fuentes y hasta arbustos bien podaditos, pero que en el terror todos veíamos como diablos) y “misas negras” que los miembros de la supuesta secta oficiaban en un sótano dentro la casa. Todos sentíamos miedo, pero estoy segura de que Marco lo sentía más que ningún otro.
Cada noche, fuéramos adonde fuéramos o viniéramos de donde viniéramos, pasábamos por ahí. Nuestros demenciales gritos han debido escucharlos varios kilómetros más allá.
Una noche alguien lanzó un reto: “¿Quién se atreve a bajarse?”. “Yo no”, se apuró a responder Marco. Todos los demás que veníamos en el carro guardamos un silencio de sepulcro. “Yo me atrevo”, dijo finalmente un valiente. Se bajó justo en la quilla que forma la vía principal con la calle que desciende hacia Turgua. El conductor pisó el acelerador. Carcajadas histéricas llenaron el carro.
Años después aquel valiente fue nombrado ministro. Era inevitable -al verlo tan circunspecto en el cumplimiento de sus deberes- contrastarlo con la imagen de aquella noche, corriendo detrás del carro con los brazos abiertos y gritando desgarradoramente “¡Coño, no me dejen!”.
Cada noche, fuéramos adonde fuéramos o viniéramos de donde viniéramos, pasábamos por ahí. Nuestros demenciales gritos han debido escucharlos varios kilómetros más allá.
Una noche alguien lanzó un reto: “¿Quién se atreve a bajarse?”. “Yo no”, se apuró a responder Marco. Todos los demás que veníamos en el carro guardamos un silencio de sepulcro. “Yo me atrevo”, dijo finalmente un valiente. Se bajó justo en la quilla que forma la vía principal con la calle que desciende hacia Turgua. El conductor pisó el acelerador. Carcajadas histéricas llenaron el carro.
Años después aquel valiente fue nombrado ministro. Era inevitable -al verlo tan circunspecto en el cumplimiento de sus deberes- contrastarlo con la imagen de aquella noche, corriendo detrás del carro con los brazos abiertos y gritando desgarradoramente “¡Coño, no me dejen!”.
lunes, 5 de abril de 2010
Lo malo de los muertos malos
Lo malo de los muertos malos
Craso error el mío el haber mostrado a mi mamá los primeros capítulos de mi primer (y hasta ahora único) embrión de novela. Yo sabía que en mi familia los muertos dejan de ser malos en el instante en que se mueren, pero nunca imaginé que mi mamá tan comedida, tan prudente, tan equilibrada, pudiera reaccionar de manera tan poco comedida, imprudente y desequilibrada.
“¿Este es mi Tío Ramón?”... me preguntó blandiendo el fajo de hojas. De haber sido toda la vida “Ramón” a secas, ahora pasaba a ser “mi Tío Ramón”.
“¡Mi Tío Ramón no empezó a tomar a los doce años!” protestó airada.
“Bueno , mamá, ¿qué más da que haya empezado a los doce o a los quince?... es mi licencia de novelista”.
“Además, mi Tío Ramón ya está muerto… todo eso quedó atrás…”
¡Ajá! La muerte. La muerte que limpia todo lo sucio, que esconde todo lo vergonzoso, que perdona todo lo malo.
“Mejor escribes sobre otra cosa, Carolina”.
Y así ha sido… desde ese día, no he vuelto a tocar la novela… me cayó lo malo de los muertos malos.
Craso error el mío el haber mostrado a mi mamá los primeros capítulos de mi primer (y hasta ahora único) embrión de novela. Yo sabía que en mi familia los muertos dejan de ser malos en el instante en que se mueren, pero nunca imaginé que mi mamá tan comedida, tan prudente, tan equilibrada, pudiera reaccionar de manera tan poco comedida, imprudente y desequilibrada.
“¿Este es mi Tío Ramón?”... me preguntó blandiendo el fajo de hojas. De haber sido toda la vida “Ramón” a secas, ahora pasaba a ser “mi Tío Ramón”.
“¡Mi Tío Ramón no empezó a tomar a los doce años!” protestó airada.
“Bueno , mamá, ¿qué más da que haya empezado a los doce o a los quince?... es mi licencia de novelista”.
“Además, mi Tío Ramón ya está muerto… todo eso quedó atrás…”
¡Ajá! La muerte. La muerte que limpia todo lo sucio, que esconde todo lo vergonzoso, que perdona todo lo malo.
“Mejor escribes sobre otra cosa, Carolina”.
Y así ha sido… desde ese día, no he vuelto a tocar la novela… me cayó lo malo de los muertos malos.
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