Es mucho lo que se ha dicho y se ha escrito sobre el Padre Luis Ugalde, SJ. Sobre todo en los últimos meses, al cesar en sus funciones como Rector de la UCAB. Sin embargo, todo lo que se diga sobre él no será suficiente para describir la trascendencia de su obra en Venezuela. Los venezolanos le debemos eterna gratitud a este compatriota nacido en el País Vasco, quien a los diecisiete años se despidió de su familia para siempre y al adoptar nuestra patria como la suya, ha sembrado luces, esperanzas y valores.
El jueves pasado tuve el honor de ser invitada a un almuerzo en homenaje suyo organizado por el Espacio Anna Frank. La oradora de orden fue Paulina Gamus, quien una vez más demostró ser una de las intelectuales más brillantes de este país. Sus palabras fueron descriptivas e ilustradoras, ejemplarizantes y sentidas. Quiero compartir con ustedes parte de ellas.
Paulina evocó la foto que hace unos meses publicó El Nacional en la que aparece el Padre Ugalde tomado de ambos brazos por jóvenes universitarios. Esa imagen "es un honor que corresponde sólo a quien tiene un liderazgo genuino".
Paulina hizo suyas las palabras del Premio Nobel Eli Wiesel, sobreviviente de Auschwitz:
"Lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia. Lo contrario de la belleza no es la fealdad, sino la indiferencia. Lo contrario de la fe no es la herejía, es la indiferencia. Lo contrario de la vida no es la muerte, sino la indiferencia ante la vida y la muerte".
Y es que el Padre Ugalde es uno de los grandes protagonistas de la lucha cívica de estos tiempos borrascosos, porque nada le ha sido indiferente. Estoy segura de que los hijos de nuestros nietos y todos los que vengan después, conocerán por sus libros de historia de Venezuela que a finales del siglo XX y principios del XXI ese sacerdote jesuita luchó con toda su energía y su talento, su alma y su corazón, para que nuestro país se consolidase como una democracia verdadera, se eliminasen las injusticias, se instaurase la paz y hubiese prosperidad para todos.
Quiero terminar con las palabras de Paulina citando a Shimón el Justo en el Pirkei Avot, el Libro de los Padres: "El mundo se alza sobre tres pilares: el estudio, el servicio divino y los actos de bondad". Se alza, precisamente, sobre personas como el Padre Ugalde.
lunes, 11 de octubre de 2010
martes, 5 de octubre de 2010
Aguasanta Valderrama Ruiz
Aunque Cecilia y Aguasanta Valderrama Ruiz eran gemelas, no había dos personas más distintas en el mundo. Desde pequeñitas, a pesar de que eran dos gotas de agua, podía reconocérselas fácilmente por el carácter: mientras Cecilia siempre estaba seria, Aguasanta era un cascabel. De bebé, Cecilia era insoportable. Había cambiado el día por la noche y lloraba toda la madrugada sin cansarse. Aguasanta, en cambio, dormía la noche completa desde que tenía diecisiete días. Cecilia no aceptó a la nodriza. Aguasanta se pegó a la Negra Loló desde que nació.
En unas fotos de estudio que les hiciera un fotógrafo a cambio de una consulta médica que el padre de las gemelas, el doctor Valderrama, no le cobró, Cecilia salió enfurruñada viendo para el piso en el par que le tomó. De Aguasanta hizo unas veinte, cada una más hermosa que la otra.
Cecilia se llamaba así en honor a una tía abuela, que murió a los diecisiete años, tapiada mientras bordaba en el terremoto de Cumaná de 1853. En la casa conservaban la mesa que encontraron a su lado y el pañito sin terminar.
- La mesa es de Cecilia, ya lo saben – decía su madre.
Aguasanta debía su nombre a una parienta que ayudó a los patriotas cuando emigraron a Oriente.
- Menos mal que me llamo como una viva y no como una muerta – le decía Aguasanta a Cecilia.
- No seas necia, las dos están muertas desde hace tiempo, y la tuya no poseía ni siquiera una silla – le respondía Cecilia.
Cecilia jugaba con una muñeca que cuidaba más que a su vida. Era una de dos muñecas idénticas que les habían traído de París los acaudalados tíos Ruiz. El destino de las muñecas fue tan distinto como las mismas hermanas: la de Aguasanta no duró entera. Le cortó el pelo. Le quitó la ropa y se la puso a una gata. Un par de semanas después, lo que quedaba de muñeca después de que un perro callejero la mordisqueó, yacía cogiendo sol en el patio.
Cecilia era una alumna modelo. Era la niña ejemplar, favorita de las monjas y maestras. Agusanta era la oveja negra del colegio. No la echaron porque el doctor Valderrama era el médico de la congregación. Pero Cecilia resentía su conducta… y su popularidad.
Un día Cecilia corrió para llegar a su casa. Su madre, Doña Antonia Ruiz, la preocupó verla llegar tan atafagada, despeinada y con los zapatos sucios de barro. Era algo totalmente inusual en ella, que siempre regresaba impecable, igual que como había salido.
- Cecilia, hija, ¿qué te pasa?
- Mamá, no te imaginas lo que hizo Aguasanta – dijo con la respiración entrecortada.
Doña Antonia suspiró.
- Mamá – continuó Cecilia y las lágrimas corrieron por sus mejillas – A Aguasanta la botaron de clase porque estaba fastidiando, y en vez de irse para la capilla, donde la mandaron a rezar, se fue para el cuarto de los trastes. Allí encontró un traje largo azul claro, desteñido, y se lo puso. Luego se fue a la capilla, quitó a la Virgen del pedestal… ¡y se montó ella! Cuando entramos estaba montada en el pedestal viendo hacia el techo, con las manos juntas ¡como si ella rezara, mamá!
- ¡Dios mío santo y bendito! – dijo su madre – ahora ni tu papá la salva. ¿Qué voy a hacer con esa niña?...
- ¡Ay, mamá, qué avergonzada estoy! Yo no quiero volver al colegio. Todas me van a señalar…
- ¿Y dónde está tu hermana?
- Venía detrás de mí, pero yo corrí para contarte. La Madre Superiora la castigó y le pegó con la palmeta, pero a ella no le importó – lloró Cecilia.
Pero a Aguasanta no la botaron del colegio, y el doctor Valderrama soltó una sonora carcajada cuando se enteró de la travesura de su hija.
- Aguasanta es más bella que la virgen que tienen las monjas en la capilla – dijo.
- ¡No te rías, Agustín! – le imploró su mujer inútilmente. Cecilia resentía el abierto favoritismo de su padre por su hermana. También resentía el desorden económico que imperaba en su casa.
- No hay con qué comprar la comida – anunciaba su madre.
- ¿Qué vamos a comer? – preguntaba Cecilia con angustia cuando sucedía eso.
- Mango, chica, comeremos mangos. ¿No ves cómo están las matas cargadas? Comeremos mangos y Loló puede preparar chocolate con el cacao de la mata del patio – respondía Aguasanta.
El doctor Valderrama hacía una lista de los pacientes ricos que había atendido, y mandaba a la Negra Loló montada en la burra a cobrarles. A los pobres jamás les pasó factura. El cobro les permitía vivir holgadamente hasta que, nuevamente, se acababa el dinero. Por eso Cecilia cuando se casó, administró con rigor hasta el último centavo.
Ya de adolescentes, Aguasanta era el alma de las fiestas. Tenía un enorme éxito con los muchachos. No así Cecilia, quien la miraba de lejos. Hasta el día que saliendo de la Misa de Santa Inés conocieron a Eduardo Alcántara, quien acababa de llegar de Caracas donde se había graduado de Doctor en Ciencias Físicas y Matemáticas, y era hijo de los Alcántara Silva, amigos de sus padres. Eduardo quedó prendado de la belleza de las gemelas, pero como sucedía usualmente, la personalidad de Aguasanta lo cautivó. Pero Cecilia quedó cautivada por Eduardo y decidió que esta vez su hermana no se saldría con la suya.
Eduardo comenzó a visitar la casa de los Valderrama. Aguasanta se levantaba en el medio de la conversación y se iba para el jardín. Eduardo se quedaba conversando con Cecilia y la señora Valderrama, pero era evidente que su atención estaba puesta en la puerta por donde había salido Aguasanta.
- Hace mucho calor – decía Eduardo con frecuencia - ¿por qué no nos sentamos afuera?
- ¿Para dónde se habrá ido esa niña? – preguntaba doña Antonia.
- Si quiere la voy a buscar – se ofrecía Eduardo.
- No se moleste – le decía Cecilia – yo la busco – y salía lívida de la rabia, mordiéndose los labios.
Cuando encontraba a Aguasanta, ésta se reía.
- Está desesperado esperando que yo regrese, ¿verdad? ¡Me encanta que se ponga así! – le decía a Cecilia.
- Nada desesperado, pero eres una maleducada. Mamá dice que vengas a recibir la visita.
Cecilia se afligía cuando veía que todos los dulces que preparaba, los bordados, cualquier cosa que hiciera por atraer la atención de Eduardo, eran infructuosos. Él sólo tenía ojos para su hermana. Un domingo a la salida de misa Eduardo, en un aparte, le dijo:
- Cecilia, quiero hablar con usted.
A ella se le iluminó la cara y sonrió. Era poco usual que sonriera.
- Como usted se habrá dado cuenta, estoy enamorado de Aguasanta, pero creo que ella no me corresponde.
- ¡Ay, Eduardo! – le respondió Cecilia, tragando grueso – no sabe usted cuánto lo siento. Usted tiene todas las cualidades para que una joven se enamore de usted, pero Aguasanta es como es.
- ¿Usted podría preguntarle qué siente ella por mí?
- Sí, claro, pero no le doy esperanzas…
- Por favor, Cecilia. Yo sé que ella hace esas cosas para llamarme la atención. No crea que no lo he advertido…
- Hablaré con ella, se lo prometo.
Esa noche, Cecilia abordó a su hermana:
- Si no te gusta Eduardo, no veo por qué le tienes que dar falsas esperanzas.
- ¿Y quién te dijo que no me gustaba? ¡Claro que me gusta! Es sólo una táctica para enamorarlo más.
- No te lo creo. Si estuvieras enamorada de él, quisieras estar siempre a su lado.
- Si es por estar a su lado, quien está siempre a su lado cada vez que viene eres tú, y no te ha servido de nada, hermana… le gusto yo.
Cecilia sintió que le hervía la sangre.
- Claro que no, sólo trato de ser lo que tú no eres: amable – le respondió.
Pero esa noche no pudo dormir pensando en las palabras de Aguasanta “¡Claro que me gusta!”… No lo podía permitir. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera por evitarlo.
Cuando Eduardo las visitó el lunes en la noche, Aguasanta se disculpó. Cecilia aprovechó un momento en que Doña Antonia se levantó para decirle:
- Eduardo, hablé con Aguasanta.
Eduardo se levantó de su silla.
- Dígame, Cecilia, por favor, antes de que regrese su señora madre.
- Ella no está interesada en usted.
- ¿Cómo?...
- Verá, ella está enamorada de otro… por favor no diga nada…
Eduardo se despidió temprano. Cecilia quedó consternada. Aguasanta intuyó que algo andaba mal.
- ¿Qué te pasa, Cecilia? – le preguntó cuando se acostaron a dormir.
- Nada, nada.
- ¿Te gusta Eduardo, verdad?
- No, para nada…
- Pues lo disimulas muy mal…
- A mí me gusta, no te lo voy a negar… pero no me enamora. Me divierte tener al soltero más cotizado de Cumaná comiendo en la mano. Pero si a ti te gusta, es tuyo… te lo regalo – le dijo Aguasanta.
Cecilia la miró con desconfianza.
- Te dije que no me gusta – le repitió.
- Pero yo sé que te gusta. Nunca le habías puesto tanta atención a nadie. Tú nunca te habías puesto a prepara dulcitos con tanto denuedo. ¡Y los bordados! Hasta le ganas a mamá. Ya te lo dije, te regalo a Eduardo.
- No, gracias, Aguasanta, eres muy generosa, pero Eduardo no es hombre para mí.
El martes Eduardo se excusó de la visita vespertina. Y también el miércoles, el jueves, el viernes y el sábado. El domingo a la salida de la misa, se acercó a saludar. Cecilia lo saludó con frialdad. Aguasanta, en cambio, lo recibió con una espléndida sonrisa.
- Debo reclamarle que nos haya abandonado, Eduardo – le dijo
- ¿Quiere decir que usted, digo, ustedes, me han extrañado? – preguntó esperanzado.
- ¡Claro que lo hemos extrañado!
Eduardo reanudó las visitas, y Aguasanta siguió abandonando el salón cada vez que él venía. Cecilia sentía una rabia creciente por su hermana.
Pero todo cambió por esos días, cuando se mudó a Cumaná una pareja de corsos que se había casado por poder. Él era un hombre apuestísimo, simpático, de estupenda disposición. Ella era mayor que él, no muy agraciada y como la casaron obligada, estaba amargadísima por haber dejado a su verdadero amor en la isla.
Aguasanta los conoció durante la inauguración del tranvía de otro corso de apellido Pieri, a la que había asistido acompañando a su padre. El joven se llamaba Henri. Cruzaron las miradas, y el flechazo fue inmediato. Cuando estrecharon las manos y él se inclinó para besársela, ella sintió una corriente que le recorrió todo su cuerpo. Sus ojos se dijeron todo. Fue amor a primera vista.
En el momento del corte de la cinta, en medio de la confusión y los empujones, Henri se las arregló para apretarle la mano.
- ¿Cuándo nos vemos otra vez, mañana? – le susurró.
- ¡No, mañana no! – le respondió ella.
Henri puso cara de desolación.
- Esta tarde – le dijo ella – No puedo esperar hasta mañana.
- ¿Dónde? – preguntó él con los ojos brillantes.
- Detrás de la plantación de cacao de los Bermúdez hay un arroyo…
- Allí estaré.
En unas fotos de estudio que les hiciera un fotógrafo a cambio de una consulta médica que el padre de las gemelas, el doctor Valderrama, no le cobró, Cecilia salió enfurruñada viendo para el piso en el par que le tomó. De Aguasanta hizo unas veinte, cada una más hermosa que la otra.
Cecilia se llamaba así en honor a una tía abuela, que murió a los diecisiete años, tapiada mientras bordaba en el terremoto de Cumaná de 1853. En la casa conservaban la mesa que encontraron a su lado y el pañito sin terminar.
- La mesa es de Cecilia, ya lo saben – decía su madre.
Aguasanta debía su nombre a una parienta que ayudó a los patriotas cuando emigraron a Oriente.
- Menos mal que me llamo como una viva y no como una muerta – le decía Aguasanta a Cecilia.
- No seas necia, las dos están muertas desde hace tiempo, y la tuya no poseía ni siquiera una silla – le respondía Cecilia.
Cecilia jugaba con una muñeca que cuidaba más que a su vida. Era una de dos muñecas idénticas que les habían traído de París los acaudalados tíos Ruiz. El destino de las muñecas fue tan distinto como las mismas hermanas: la de Aguasanta no duró entera. Le cortó el pelo. Le quitó la ropa y se la puso a una gata. Un par de semanas después, lo que quedaba de muñeca después de que un perro callejero la mordisqueó, yacía cogiendo sol en el patio.
Cecilia era una alumna modelo. Era la niña ejemplar, favorita de las monjas y maestras. Agusanta era la oveja negra del colegio. No la echaron porque el doctor Valderrama era el médico de la congregación. Pero Cecilia resentía su conducta… y su popularidad.
Un día Cecilia corrió para llegar a su casa. Su madre, Doña Antonia Ruiz, la preocupó verla llegar tan atafagada, despeinada y con los zapatos sucios de barro. Era algo totalmente inusual en ella, que siempre regresaba impecable, igual que como había salido.
- Cecilia, hija, ¿qué te pasa?
- Mamá, no te imaginas lo que hizo Aguasanta – dijo con la respiración entrecortada.
Doña Antonia suspiró.
- Mamá – continuó Cecilia y las lágrimas corrieron por sus mejillas – A Aguasanta la botaron de clase porque estaba fastidiando, y en vez de irse para la capilla, donde la mandaron a rezar, se fue para el cuarto de los trastes. Allí encontró un traje largo azul claro, desteñido, y se lo puso. Luego se fue a la capilla, quitó a la Virgen del pedestal… ¡y se montó ella! Cuando entramos estaba montada en el pedestal viendo hacia el techo, con las manos juntas ¡como si ella rezara, mamá!
- ¡Dios mío santo y bendito! – dijo su madre – ahora ni tu papá la salva. ¿Qué voy a hacer con esa niña?...
- ¡Ay, mamá, qué avergonzada estoy! Yo no quiero volver al colegio. Todas me van a señalar…
- ¿Y dónde está tu hermana?
- Venía detrás de mí, pero yo corrí para contarte. La Madre Superiora la castigó y le pegó con la palmeta, pero a ella no le importó – lloró Cecilia.
Pero a Aguasanta no la botaron del colegio, y el doctor Valderrama soltó una sonora carcajada cuando se enteró de la travesura de su hija.
- Aguasanta es más bella que la virgen que tienen las monjas en la capilla – dijo.
- ¡No te rías, Agustín! – le imploró su mujer inútilmente. Cecilia resentía el abierto favoritismo de su padre por su hermana. También resentía el desorden económico que imperaba en su casa.
- No hay con qué comprar la comida – anunciaba su madre.
- ¿Qué vamos a comer? – preguntaba Cecilia con angustia cuando sucedía eso.
- Mango, chica, comeremos mangos. ¿No ves cómo están las matas cargadas? Comeremos mangos y Loló puede preparar chocolate con el cacao de la mata del patio – respondía Aguasanta.
El doctor Valderrama hacía una lista de los pacientes ricos que había atendido, y mandaba a la Negra Loló montada en la burra a cobrarles. A los pobres jamás les pasó factura. El cobro les permitía vivir holgadamente hasta que, nuevamente, se acababa el dinero. Por eso Cecilia cuando se casó, administró con rigor hasta el último centavo.
Ya de adolescentes, Aguasanta era el alma de las fiestas. Tenía un enorme éxito con los muchachos. No así Cecilia, quien la miraba de lejos. Hasta el día que saliendo de la Misa de Santa Inés conocieron a Eduardo Alcántara, quien acababa de llegar de Caracas donde se había graduado de Doctor en Ciencias Físicas y Matemáticas, y era hijo de los Alcántara Silva, amigos de sus padres. Eduardo quedó prendado de la belleza de las gemelas, pero como sucedía usualmente, la personalidad de Aguasanta lo cautivó. Pero Cecilia quedó cautivada por Eduardo y decidió que esta vez su hermana no se saldría con la suya.
Eduardo comenzó a visitar la casa de los Valderrama. Aguasanta se levantaba en el medio de la conversación y se iba para el jardín. Eduardo se quedaba conversando con Cecilia y la señora Valderrama, pero era evidente que su atención estaba puesta en la puerta por donde había salido Aguasanta.
- Hace mucho calor – decía Eduardo con frecuencia - ¿por qué no nos sentamos afuera?
- ¿Para dónde se habrá ido esa niña? – preguntaba doña Antonia.
- Si quiere la voy a buscar – se ofrecía Eduardo.
- No se moleste – le decía Cecilia – yo la busco – y salía lívida de la rabia, mordiéndose los labios.
Cuando encontraba a Aguasanta, ésta se reía.
- Está desesperado esperando que yo regrese, ¿verdad? ¡Me encanta que se ponga así! – le decía a Cecilia.
- Nada desesperado, pero eres una maleducada. Mamá dice que vengas a recibir la visita.
Cecilia se afligía cuando veía que todos los dulces que preparaba, los bordados, cualquier cosa que hiciera por atraer la atención de Eduardo, eran infructuosos. Él sólo tenía ojos para su hermana. Un domingo a la salida de misa Eduardo, en un aparte, le dijo:
- Cecilia, quiero hablar con usted.
A ella se le iluminó la cara y sonrió. Era poco usual que sonriera.
- Como usted se habrá dado cuenta, estoy enamorado de Aguasanta, pero creo que ella no me corresponde.
- ¡Ay, Eduardo! – le respondió Cecilia, tragando grueso – no sabe usted cuánto lo siento. Usted tiene todas las cualidades para que una joven se enamore de usted, pero Aguasanta es como es.
- ¿Usted podría preguntarle qué siente ella por mí?
- Sí, claro, pero no le doy esperanzas…
- Por favor, Cecilia. Yo sé que ella hace esas cosas para llamarme la atención. No crea que no lo he advertido…
- Hablaré con ella, se lo prometo.
Esa noche, Cecilia abordó a su hermana:
- Si no te gusta Eduardo, no veo por qué le tienes que dar falsas esperanzas.
- ¿Y quién te dijo que no me gustaba? ¡Claro que me gusta! Es sólo una táctica para enamorarlo más.
- No te lo creo. Si estuvieras enamorada de él, quisieras estar siempre a su lado.
- Si es por estar a su lado, quien está siempre a su lado cada vez que viene eres tú, y no te ha servido de nada, hermana… le gusto yo.
Cecilia sintió que le hervía la sangre.
- Claro que no, sólo trato de ser lo que tú no eres: amable – le respondió.
Pero esa noche no pudo dormir pensando en las palabras de Aguasanta “¡Claro que me gusta!”… No lo podía permitir. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera por evitarlo.
Cuando Eduardo las visitó el lunes en la noche, Aguasanta se disculpó. Cecilia aprovechó un momento en que Doña Antonia se levantó para decirle:
- Eduardo, hablé con Aguasanta.
Eduardo se levantó de su silla.
- Dígame, Cecilia, por favor, antes de que regrese su señora madre.
- Ella no está interesada en usted.
- ¿Cómo?...
- Verá, ella está enamorada de otro… por favor no diga nada…
Eduardo se despidió temprano. Cecilia quedó consternada. Aguasanta intuyó que algo andaba mal.
- ¿Qué te pasa, Cecilia? – le preguntó cuando se acostaron a dormir.
- Nada, nada.
- ¿Te gusta Eduardo, verdad?
- No, para nada…
- Pues lo disimulas muy mal…
- A mí me gusta, no te lo voy a negar… pero no me enamora. Me divierte tener al soltero más cotizado de Cumaná comiendo en la mano. Pero si a ti te gusta, es tuyo… te lo regalo – le dijo Aguasanta.
Cecilia la miró con desconfianza.
- Te dije que no me gusta – le repitió.
- Pero yo sé que te gusta. Nunca le habías puesto tanta atención a nadie. Tú nunca te habías puesto a prepara dulcitos con tanto denuedo. ¡Y los bordados! Hasta le ganas a mamá. Ya te lo dije, te regalo a Eduardo.
- No, gracias, Aguasanta, eres muy generosa, pero Eduardo no es hombre para mí.
El martes Eduardo se excusó de la visita vespertina. Y también el miércoles, el jueves, el viernes y el sábado. El domingo a la salida de la misa, se acercó a saludar. Cecilia lo saludó con frialdad. Aguasanta, en cambio, lo recibió con una espléndida sonrisa.
- Debo reclamarle que nos haya abandonado, Eduardo – le dijo
- ¿Quiere decir que usted, digo, ustedes, me han extrañado? – preguntó esperanzado.
- ¡Claro que lo hemos extrañado!
Eduardo reanudó las visitas, y Aguasanta siguió abandonando el salón cada vez que él venía. Cecilia sentía una rabia creciente por su hermana.
Pero todo cambió por esos días, cuando se mudó a Cumaná una pareja de corsos que se había casado por poder. Él era un hombre apuestísimo, simpático, de estupenda disposición. Ella era mayor que él, no muy agraciada y como la casaron obligada, estaba amargadísima por haber dejado a su verdadero amor en la isla.
Aguasanta los conoció durante la inauguración del tranvía de otro corso de apellido Pieri, a la que había asistido acompañando a su padre. El joven se llamaba Henri. Cruzaron las miradas, y el flechazo fue inmediato. Cuando estrecharon las manos y él se inclinó para besársela, ella sintió una corriente que le recorrió todo su cuerpo. Sus ojos se dijeron todo. Fue amor a primera vista.
En el momento del corte de la cinta, en medio de la confusión y los empujones, Henri se las arregló para apretarle la mano.
- ¿Cuándo nos vemos otra vez, mañana? – le susurró.
- ¡No, mañana no! – le respondió ella.
Henri puso cara de desolación.
- Esta tarde – le dijo ella – No puedo esperar hasta mañana.
- ¿Dónde? – preguntó él con los ojos brillantes.
- Detrás de la plantación de cacao de los Bermúdez hay un arroyo…
- Allí estaré.
Artículos
Personajes
domingo, 3 de octubre de 2010
A Candanga se le acabó la pachanga
Hace tiempo que no me pegaba una cadena presidencial completa. Es más, la cadena terminó y puse el canal 8 para seguirlo viendo. Desencajado, cantinflesco. Explicando lo inexplicable. Furibundo.
Y es que aunque bravuconee con que va a profundizar la revolución, aunque amenace -y cumpla algunas de esas amenazas, en particular contra más de cinco millones de “oligarcas” que votaron en su contra- el cerco que él mismo ha construido a su alrededor cada vez es más pequeño. No se puede ir contra la ley de la gravedad: todo lo que sube, baja. Y nada es eterno. Hasta las más sofisticadas trampas, más tarde o más temprano, salen.
La MUD –que irrespetuosamente el Presidente llama la “Mesa de la Ultra Derecha”- sacó sola, solita, más votos que el PSUV. Y los del PSUV tienen 33 diputados más. La pregunta de la periodista Andreína Flores se caía de madura. Y el Presidente no la respondió. No podía responderla, porque responderla hubiera sido dejar en evidencia ante el mundo que su tan cacareada y profunda democracia no es tal, pues aquí la minoría escogió a la mayoría. Entonces optó por cayapear a la joven. Hasta puso a un periodista a “ayudarlo” (¿buscaba acaso que la cámara no lo enfocara para que le pasaran una chuleta?)… Pero Andreína es un palo de mujer y no se dejó. “Eso no pasa sólo aquí”, terminó diciendo un enredadísimo Chávez. Es verdad. Pasa en su muy detestado “imperio” y en el Chile de ¡Pinochet! Cuando hay necesidad, hay que echar mano hasta de la extrema derecha.
Leí una explicación sobre la anticonstitucional redistribución de circuitos en http://esdata.info/Salamandra-1 No se la pierdan. Impecablemente descrita, clara, inequívoca. Si usted no ha entendido por qué la MUD dice que ganó, no deje de verlo.
Chávez tiene dos caminos: uno, rectificar. Pero como bien apunta Andrea Tavárez “él no rectifica, sino que retrocede”. “Repliegue”, lo llama él. Dos, seguir ahondando en su anacrónica e inviable revolución. Si esto pasa, las elecciones de 2012 no las gana ni con magia.
Si algo quedó demostrado es que los venezolanos somos demócratas, queremos vivir en paz, estamos hartos de la confrontación y de la violencia y no queremos reparto de pobreza sino creación de riqueza.
El resultado de todo este tejemaneje -y de las elecciones- es que a candanga se le acabó la pachanga.
Y es que aunque bravuconee con que va a profundizar la revolución, aunque amenace -y cumpla algunas de esas amenazas, en particular contra más de cinco millones de “oligarcas” que votaron en su contra- el cerco que él mismo ha construido a su alrededor cada vez es más pequeño. No se puede ir contra la ley de la gravedad: todo lo que sube, baja. Y nada es eterno. Hasta las más sofisticadas trampas, más tarde o más temprano, salen.
La MUD –que irrespetuosamente el Presidente llama la “Mesa de la Ultra Derecha”- sacó sola, solita, más votos que el PSUV. Y los del PSUV tienen 33 diputados más. La pregunta de la periodista Andreína Flores se caía de madura. Y el Presidente no la respondió. No podía responderla, porque responderla hubiera sido dejar en evidencia ante el mundo que su tan cacareada y profunda democracia no es tal, pues aquí la minoría escogió a la mayoría. Entonces optó por cayapear a la joven. Hasta puso a un periodista a “ayudarlo” (¿buscaba acaso que la cámara no lo enfocara para que le pasaran una chuleta?)… Pero Andreína es un palo de mujer y no se dejó. “Eso no pasa sólo aquí”, terminó diciendo un enredadísimo Chávez. Es verdad. Pasa en su muy detestado “imperio” y en el Chile de ¡Pinochet! Cuando hay necesidad, hay que echar mano hasta de la extrema derecha.
Leí una explicación sobre la anticonstitucional redistribución de circuitos en http://esdata.info/Salamandra-1 No se la pierdan. Impecablemente descrita, clara, inequívoca. Si usted no ha entendido por qué la MUD dice que ganó, no deje de verlo.
Chávez tiene dos caminos: uno, rectificar. Pero como bien apunta Andrea Tavárez “él no rectifica, sino que retrocede”. “Repliegue”, lo llama él. Dos, seguir ahondando en su anacrónica e inviable revolución. Si esto pasa, las elecciones de 2012 no las gana ni con magia.
Si algo quedó demostrado es que los venezolanos somos demócratas, queremos vivir en paz, estamos hartos de la confrontación y de la violencia y no queremos reparto de pobreza sino creación de riqueza.
El resultado de todo este tejemaneje -y de las elecciones- es que a candanga se le acabó la pachanga.
Artículos
Artículos
lunes, 27 de septiembre de 2010
¿Libertad o comunismo?
Escribo este artículo antes de conocer los resultados de las elecciones de ayer. Hoy sabremos si la mayoría legislativa seguirá impulsando el sistema comunista que desechó la mayoría del país hace dos años, y que de la manera más descarada, abusiva y arbitraria el presidente Chávez y sus acólitos nos han impuesto paso a paso en contra de nuestra voluntad, o si por el contrario, y a pesar de los abusos electorales y leyes anticonstitucionales, se impondrá la libertad.
Un amigo mío, Rolando Chacón, ha vivido en Alemania por más de tres décadas. Vivió de cerca el "socialismo" cuando viajaba a la República Oriental de Alemania, como turista o por razones de trabajo en las universidades de Dresden o Leipzig. Es patético escuchar sus historias.
"Alemania Oriental daba pena, por el estado de atraso tecnológico. A quienes veníamos del oeste nos mantenían en constante observación. No nos permitían llevar ningún tipo de prensa, ni siquiera revistas. Nos obligaban a consumir cincuenta marcos alemanes diarios, un monto 1.000 veces superior a lo que ganaba un obrero u operario en esa época. Mi carro era exhaustivamente revisado. Hasta las llantas las desmontaban, para ver si el interior llevaba alguna "mercancía prohibida". Esto significaba un mínimo de tres a cuatro horas de requisa, porque en el socialismo ese es el modus operandi".
A la vuelta de unos años, Rolando se fue a Berlín a echarle pico y pala al bien llamado "muro de la vergüenza" y se siente orgulloso de haber contribuido con su gesto a derribar un sistema que costó millones de muertes. Hoy se siente devastado al constatar los pasos que Venezuela da en ese sentido.
Y es que aunque estos días y por causa de la campaña electoral hayan insistido en que "esto" no es comunismo, lo es, ¡claro que lo es!
¡Qué angustia debe haber pasado la periodista Vanessa Davies cuando recibió la respuesta de Fidel de que el socialismo del siglo XXI no era otra cosa que el comunismo, tal como lo definió Marx! Solo espero que Venezuela no pase a ser el más reciente ejemplo del fracaso del comunismo en el mundo, y que dentro de cincuenta años un decrépito Chávez le declare a un periodista gringo que el comunismo no funcionó.
Independientemente del resultado de las elecciones, los demócratas de este país seguiremos soñando, trabajando y luchando por un país mejor.
Un amigo mío, Rolando Chacón, ha vivido en Alemania por más de tres décadas. Vivió de cerca el "socialismo" cuando viajaba a la República Oriental de Alemania, como turista o por razones de trabajo en las universidades de Dresden o Leipzig. Es patético escuchar sus historias.
"Alemania Oriental daba pena, por el estado de atraso tecnológico. A quienes veníamos del oeste nos mantenían en constante observación. No nos permitían llevar ningún tipo de prensa, ni siquiera revistas. Nos obligaban a consumir cincuenta marcos alemanes diarios, un monto 1.000 veces superior a lo que ganaba un obrero u operario en esa época. Mi carro era exhaustivamente revisado. Hasta las llantas las desmontaban, para ver si el interior llevaba alguna "mercancía prohibida". Esto significaba un mínimo de tres a cuatro horas de requisa, porque en el socialismo ese es el modus operandi".
A la vuelta de unos años, Rolando se fue a Berlín a echarle pico y pala al bien llamado "muro de la vergüenza" y se siente orgulloso de haber contribuido con su gesto a derribar un sistema que costó millones de muertes. Hoy se siente devastado al constatar los pasos que Venezuela da en ese sentido.
Y es que aunque estos días y por causa de la campaña electoral hayan insistido en que "esto" no es comunismo, lo es, ¡claro que lo es!
¡Qué angustia debe haber pasado la periodista Vanessa Davies cuando recibió la respuesta de Fidel de que el socialismo del siglo XXI no era otra cosa que el comunismo, tal como lo definió Marx! Solo espero que Venezuela no pase a ser el más reciente ejemplo del fracaso del comunismo en el mundo, y que dentro de cincuenta años un decrépito Chávez le declare a un periodista gringo que el comunismo no funcionó.
Independientemente del resultado de las elecciones, los demócratas de este país seguiremos soñando, trabajando y luchando por un país mejor.
Artículos
Artículos
lunes, 20 de septiembre de 2010
¡Ya basta!
Yo siempre he votado. Y en estas elecciones votaré con mayor convicción democrática que nunca. Aunque la minoría del país elegirá la mayoría de los diputados (necesito que alguien me explique cómo si estamos en democracia, veinte mil personas eligen un diputado en Amazonas, mientras que cuatrocientas mil eligen un diputado en Zulia), entiendo la importancia de estas elecciones, no sólo por la pluralidad deseada y necesaria en una asamblea nacional, sino por el carácter plebiscitario que tienen. El candidato del chavismo es Chávez. Más nadie.
Aunque la oposición saque –como estoy segura de que sacará- la mayoría del voto nacional, el chavismo podría obtener la mayoría por la forma como se rediseñaron los circuitos electorales. Pero esa misma maniobra podría torcérseles si todos vamos a votar sin miedo.
En fin, la mayoría que obtendrán los partidos opositores hablará por sí misma: le dirá a Chávez que el sistema que quiere implantar ni en la misma “isla de la felicidad” ha funcionado. Que no queremos odios, divisiones, manipulaciones, mentiras, trampas. Que las decenas de miles de muertos de estos casi doce años son cifras de partes de guerra que queremos erradicar de una vez y para siempre de este país. Que queremos un presidente que gobierne para todos, no uno que encima de que se cree el emperador, no ve adversarios políticos sino enemigos a quienes exterminar.
Esa mayoría le dirá a Chávez que cree en la propiedad privada. Que es verdad que “lo que es de todos no es de nadie”. Que su fulano socialismo lo que ha hecho es destruir. ¡Qué ironía ver los “corazoncitos” que ahora pululan en todos los afiches del gobierno, que dicen “hecho en socialismo”, cuando lo que deberían es decir “expropiado en socialismo”, “destruido por el socialismo”, “mediocrizado por el socialismo”!
Esa mayoría dirá a gritos que estamos hartos de las solidaridades incondicionales, de la corrupción sin castigo, de los exabruptos legales que intentan maquillar las decisiones inconstitucionales e ilegales, de las cadenas diarias e interminables, de la habladora de tonterías, de las descalificaciones, insultos…
Chávez ha podido pasar a la historia como Mandela. Pero optó por el camino del odio, de la confrontación ciega, de la división. El próximo domingo hay que decirle ¡ya basta!
Vaya a votar.
Artículos
Artículos
domingo, 12 de septiembre de 2010
¿Fitven o Fitnovengas?
No sé cuánto dinero habrá gastado el gobierno en la Feria Internacional de Turismo de Venezuela. En cualquier caso, es dinero botado. Porque Venezuela, a pesar de tener bellezas naturales increíblemente hermosas, no es un país preparado para el turismo. Y es que recibir turistas no es algo que se improvisa. Además de la infraestructura de turismo, hay que tener personal preparado para recibir al turismo y condiciones de seguridad que ofrecerle al turista.
De la primera, definitivamente hay algo. Se ha invertido en hoteles y posadas muy hermosos, en lugares que quitan el aliento de lo bellos que son. Pero dentro de la infraestructura turística hay que tomar en cuenta las vías de comunicación. ¿A qué turista –a menos que venga a hacer turismo de aventura tipo Fun Race- le gusta montarse en un carro en el que el viaje a cualquier parte es una aventura de huecos, fallas de nivel no reparadas, derrumbes y cuanto otro desastre pueda ocurrir?
Segundo, porque el concepto de servicio al público es paupérrimo. Lo poco que se había logrado en ese camino desapareció con el decreto de inamovilidad laboral. Ir a cualquier parte es un tour de force: desde la señora “que hoy no hizo empanadas porque se levantó arrecha” (como me dijeron en Margarita), pasando por las sillas rotas cobradas a precio de butacas reclinables de super lujo en la orilla de cualquier playa, hasta los vendedores en tiendas de lujo que si uno les interrumpe la amena conversación que tienen entre ellos lo miran como si uno fuera un enemigo. No entienden que tomamos vacaciones para romper la rutina, no para seguir en las mismas.
Tercero, el tema de la seguridad para los turistas. Podríase escribir un libro tan grueso como la Biblia de los trajines y matracas aplicados a los turistas (un amigo italiano llegando a Maiquetía pasó por “el bautizo”: un guardia nacional le dijo que si no le daba los euros que traía en efectivo le sembraba droga). Así sin más. Eso sin contar los turistas asaltados, heridos o asesinados. Hace un par de semanas un turista italiano fue asesinado en Margarita por 3 funcionarios policiales. A uno francés lo mataron en un velero en La Guaira. Y un norteamericano fue asaltado en su embarcación, en las cercanías de la isla Borracha, en el Parque Nacional Mochima.
Y encima, la xenofobia que se ha tratado de sembrar en los venezolanos…
No, señores, es irresponsable decirle a los turistas que vengan. Hay que decirles que no vengan. Que hasta que aquí las cosas no cambien, es una locura visitar Venezuela. No es Fitven lo que hay que decirles, sino Fitnovengas…
Artículos
Artículos
lunes, 6 de septiembre de 2010
Políticos y pañales
La muerte de Franklin Brito ha destapado otra inmunda olla de las actuaciones -y las no actuaciones- del gobierno. No entiendo qué razón tan poderosa habrá tenido el presidente Chávez para no haber resuelto la situación del productor agropecuario, a sabiendas del costo nacional e internacional que tendría su muerte. Pero es que no sólo fue la displicencia del Presidente. Fueron los diputados de la Asamblea Nacional que lo calificaron de loco, de extorsionador y de cualquier otra barbaridad. Fue el INTI, el TSJ, la Fiscalía, la Defensoría. Fue la Alcaldía del Municipio Sucre del estado Bolívar, donde se encuentra su fundo.
La piel se me puso de gallina cuando leí que la Defensora del Pueblo declaró sentirse "en paz" con respecto al caso de Brito. También cuando supe que la Fiscalía investigará si hubo inducción al suicidio por parte de familiares y amigos, por denuncia de un ciudadano de apellido Aldana. Nada de mea culpa, nada de lamentos. Lo más increíble es que Brito era simpatizante del proceso revolucionario. ¿Qué quedará para más de la mitad del país que lo adversa?
¿Qué puede hacer un ciudadano de a pie que se sienta -con toda razón- abatido por la muerte de Brito? La muerte de Brito ha tenido que sacudir tanto a opositores como a chavistas. Porque fue la crónica de una muerte anunciada. Porque se pudo evitar el fatal desenlace. Porque fue un hombre que llegó hasta dar la vida por sus ideales, cosa que muy pocos han hecho en este país en lo que va de siglo.
Hay que votar. Es necesaria una asamblea plural. Y hay que buscar cambios. Porque, como dijo Bolívar en Angostura: "¡Compadezcámonos mutuamente del pueblo que obedece y del hombre que manda solo!". El segundo se acostumbra a mandar y el primero a obedecer... ciegamente. Y eso le hace daño al país. Ningún funcionario debe permanecer tanto tiempo en un puesto.
Nadie pretende que los venezolanos nos inmolemos como hizo Franklin Brito. Él es un héroe civil, un símbolo de la lucha pacífica. Pero sí podemos y debemos manifestarnos votando.
Hay un dicho que he visto anónimo, pero también adjudicado tanto a Bernard Shaw como a Mark Twain. Es tan genial que podría ser de cualquiera de los dos. Dice así: "los políticos y los pañales deben ser cambiados con frecuencia y por la misma razón". Ese cambio está en nuestras manos.
La piel se me puso de gallina cuando leí que la Defensora del Pueblo declaró sentirse "en paz" con respecto al caso de Brito. También cuando supe que la Fiscalía investigará si hubo inducción al suicidio por parte de familiares y amigos, por denuncia de un ciudadano de apellido Aldana. Nada de mea culpa, nada de lamentos. Lo más increíble es que Brito era simpatizante del proceso revolucionario. ¿Qué quedará para más de la mitad del país que lo adversa?
¿Qué puede hacer un ciudadano de a pie que se sienta -con toda razón- abatido por la muerte de Brito? La muerte de Brito ha tenido que sacudir tanto a opositores como a chavistas. Porque fue la crónica de una muerte anunciada. Porque se pudo evitar el fatal desenlace. Porque fue un hombre que llegó hasta dar la vida por sus ideales, cosa que muy pocos han hecho en este país en lo que va de siglo.
Hay que votar. Es necesaria una asamblea plural. Y hay que buscar cambios. Porque, como dijo Bolívar en Angostura: "¡Compadezcámonos mutuamente del pueblo que obedece y del hombre que manda solo!". El segundo se acostumbra a mandar y el primero a obedecer... ciegamente. Y eso le hace daño al país. Ningún funcionario debe permanecer tanto tiempo en un puesto.
Nadie pretende que los venezolanos nos inmolemos como hizo Franklin Brito. Él es un héroe civil, un símbolo de la lucha pacífica. Pero sí podemos y debemos manifestarnos votando.
Hay un dicho que he visto anónimo, pero también adjudicado tanto a Bernard Shaw como a Mark Twain. Es tan genial que podría ser de cualquiera de los dos. Dice así: "los políticos y los pañales deben ser cambiados con frecuencia y por la misma razón". Ese cambio está en nuestras manos.
Artículos
Artículos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)