domingo, 15 de agosto de 2010

Otra torta más

Las palabras del Ministro del PP para la Educación Edgardo Ramírez, en la apertura de la  “I Jornada de Saberes del Presupuesto Público en el Sector Universitario” que se realizó la semana pasada, y las explicaciones ulteriores que dio a la prensa, me dejaron bien preocupada.

Dijo el ministro que debían “ponerse de acuerdo en lo que debe ser un modelo alternativo de presupuesto”, que estará concebido en función de la masificación de la educación. Yo creo en la masificación de la educación, siempre que vaya de mano de la calidad de educación. Pero no es un secreto para nadie que aquí en Venezuela el deterioro de la educación comenzó cuando se masificó sin tomar en cuenta la calidad.

Entonces, ¿puede ser el argumento de mayor peso el hecho de que la Universidad Bolivariana y la Unefa entre ambas tienen una matrícula de casi medio millón de estudiantes,  y por lo tanto necesitan más presupuesto?...

En este gobierno en particular se han dedicado al tema de la educación superior sin tomar en cuenta la exponencialmente creciente deserción escolar de la primaria, ni los bachilleres que se han graduado sin haber cursado matemáticas, o historia, o geografía, por ejemplo, porque no había profesor. Entonces, si se trata de hacer “justicia social” como dijo el ministro, tendrían que empezar por debajo. Porque lo que están haciendo es decorar una torta que no está hecha. Y están poniendo la torta. Otra torta más. Ya habrá quien diga que “qué es una raya más para un tigre”. Pero en educación, más que en ningún otro sector, cada raya cuenta, porque cada raya es una raya.

El ministro dijo que no reducirían el presupuesto, sino que  “lo adaptaremos a los procedimientos y manuales que establecen los parámetros a la hora de ejecutar el presupuesto universitario”. ¿Cómo va a adaptarlos sin reducir el presupuesto de las “otras”? Porque si hubiera dinero suficiente, este asunto ni lo hubieran planteado.

Para colmo de males, los presupuestos no los van a diseñar expertos, sino que serán fruto de la “participación protagónica”, esa donde ellos protagonizan y luego participan…

La educación es un tema demasiado importante, demasiado medular, demasiado serio para convertirlo en un instrumento de proselitismo político. Las tortas en educación andan por la calle y muchas ocupan cargos públicos, por desgracia. Y quien paga es el país…

sábado, 14 de agosto de 2010

Ramón Alcántara Valderrama

Ramón, el segundo de los Alcántara, era alto y delgado, de contextura atlética. Tenía el pelo liso con reflejos rojizos, por todo el sol que había tomado, algunas pecas sobre la nariz respingona, y una sonrisa esplendorosa. A los dieciséis años practicaba el salto de garrocha y nadaba como un pez en Macuto. Siempre se las arreglaba para entrar en la playa de las mujeres.

-         ¿Quién se está ahogando? ¿Necesitan salvavidas?- preguntaba.
-         Nadie se está ahogando, Ramón, porque nadie se está bañando. Estamos aquí tomando sol –le respondían sus amigas divertidas por su desfachatez.
-         Bueno, pero mejor me quedo por aquí por si me necesitan. El mar está picado y ustedes no saben nadar.
-         El mar está como un plato…

Y a pesar de las quejas de las mismas matronas de siempre, era recibido con beneplácito por la mayoría.

Ramón también cantaba con una hermosa y aterciopelada voz de barítono que jamás quiso educar, muy a pesar de la insistencia de conocedores que encontraban en él una promesa real. Era muy popular entre las muchachas. A la hora de las serenatas, la presencia de Ramón era obligatoria. Cantaba toda clase de arias de óperas y zarzuelas, canciones latinoamericanas y le había inventado letra a la música de jazz de una colección de discos de la RCA Victor que poseía.

Pero su especialidad, su caballito de batalla era “Largo al factotum” de El Barbero de Sevilla, que tarareaba con frecuencia:

         - Ah, bravo Figaro!
         Bravo, bravissimo!
         Fortunatissimo per verità!

Ramón era simpático y divertido. El alma de las fiestas. Sabía cuentos que a todos hacían reír. Tenía “chispa”. Su padre la atribuía a la lamparosa, un pescado que comían en Cumaná, que según él, volvía a la gente inteligente.

Pero Ramón, si en algún momento fue inteligente, echó sus talentos por la borda. A los quince años descubrió el alcohol, y de allí en adelante, toda su vida fue un continuo descenso. El alcohol acabó con él.

Cuando se emborrachaba, perdía la cabeza.

-         Cuando toma, Ramón le da palo a todo mogote -decía Uzcátegui, el chofer del doctor Alcántara, quien se había autodesignado “rescatista” de Ramón. Ya había perdido la cuenta de las veces que lo llevó cargado hasta su cama, desmayado o gritando y pateando como un loco. Nunca se sabía cómo terminaba la borrachera.

Ramón empezó a perder la popularidad que tenía entre sus amigos cuando le dio una nalgada a una de las hijas del Superintendente de las Aguas en pleno baile de carnaval. La muchacha armó un escándalo y Ramón, con un avergonzado y contrito doctor Alcántara, tuvo que ir a pedirle excusas a ella y a su padre al día siguiente. Si el doctor Alcántara no hubiera sido ministro, Ramón hubiera pasado una buena temporada en la cárcel.

Pero su caída en desgracia definitiva se debió a que en una de sus borracheras confundió a la suegra del ministro de salud con la dueña de un burdel que frecuentaba en La Pastora.

-         Mi amor, consígueme una carajita que esté bien buena para esta noche – le dijo.
-         ¡Cómo se atreve, joven, no sea insolente! Respéteme, que yo soy una dama.
-         ¿Dama? ¡Si en los salones de pipiripao de Caracas las damas se cuentan con los dedos de una mano! ¿Te vas a hacer la loca, corazón?... Tú que me has conseguido las mejores carajitas de este país – insistía Ramón, mientras la tomaba por la cintura – mira, mira, tengo billetes de los que te gustan…

Una sonora bofetada lo dejó en el sitio. Ramón quedó lamentándose, pero sin percatarse del error. Se sobó la mejilla.

         - Esta puta está arrecha hoy…

Al rato llegó Carlos, el hijo de la agredida, con dos amigos.

-         Ramón Alcántara, si no fueras hermano de Baltasar, te pegaría un tiro en este instante.
-         ¿Y a ti qué te pasa?... ¿qué les pasa a todos, se volvieron locos? – preguntó Ramón, sin levantarse del sofá - Figaro! Figaro! Figaro! Ahimè, che furia! Ahimè, che folla! Uno alla volta, per carità!
-         Vamos, Carlos, déjalo así, no te ensucies las manos por un borracho de mierda –le dijo uno de los amigos.

Pero Carlos estaba indignado y le propinó a Ramón un derechazo que lo dejó tendido hasta el día siguiente, cuando Uzcátegui dio con él.

Inexplicablemente, ni la señora ni el doctor Alcántara aceptaban que Ramón era un enfermo. Según ella, sus hijos eran perfectos. Hablaba horrores de los hijos de los demás. Antonio Guevara, hijo de los Guevara, que vivían enfrente, era uno de los blancos habituales de sus críticas:

-         Ese niño es un bueno para nada, y lo peor es que no le da vergüenza. Pensar que su padre es médico, y él nada más que un zángano. Y encima de todo, bebe como una cuba.

Ramón Alcántara tampoco hacía nada, pero por supuesto, él no era un zángano; cuando salió del colegio de los Padres Franceses no quiso ir a la Universidad, pero según su madre, no le hacía falta.

-         Ramón tiene de manera innata una mente para los negocios tan brillante, que en la Universidad misma le han rogado que dé clases.

En Caracas salía de su casa "a hacer negocios", que no era otra cosa que meterse en un bar cerca de la esquina de Altagracia, a tomar desenfrenadamente con todos los que frecuentaban el lugar. Cuando se alegraba, se montaba en una mesa y lanzaba billetes al aire. Gracias a esa prodigalidad, "Ramoncito" era el borracho más popular de Altagracia a Salas, de Salas a Balconcito y de Balconcito a Cuartel Viejo.

Le gustaba visitar un bar en Petare que se llamaba "Un solo dolor", y que –gracias a él- abría desde temprano cuando los Alcántara temperaban en la casa grande.

De allí salía borracho a la siguiente parada de su habitual itinerario: el burdel de Catalina. Las "niñitas" lo adoraban, pues tenía siempre los bolsillos llenos de dinero, y si se le acababa, mandaba a Uzcátegui, a que le trajera más.

- Misia Cecilia, Ramoncito necesita más real para un negocio.
- ¿Desde cuando a "eso" le dicen negocio?- preguntó Leonor.
- No hace falta tu sarcasmo, Leonor. Ramón tiene madera, un don innato para los negocios. Venga, Uzcátegui, para que le lleve el dinero que necesita. ¿Esto será suficiente? ¿No dijo Ramón cuánto quería?

Y la escena se repetía noche tras noche. Cecilia Alcántara esperaba a su hijo despierta.

-         ¡Ay, hijo, qué bueno que llegaste!
-         Mamá, un negocio con unos gringos... sí que toman esos gringos.
-         Claro, y si no tomas con ellos piensan que es una descortesía...
-         No se les puede decir que no. Y eso que mientras yo me tomaba uno, ellos se tomaban tres.

Clara, una de sus hermanas menores, se moría de la rabia.

- Eres un borracho -le dijo un día.
- Y si lo soy…  ¿a ti qué te importa? -le contestó Ramón.
- Me importa mamá, que cree que estás haciendo negocios.
- Carajita, además de bonita eres inteligente.
- De verdad que Leonor tiene razón. Eres despreciable.
- Mírame, Clareta, mírame como tiemblo de miedo por lo que dices.

Leonor Alcántara Valderrama

La mayor de los hijos del ministro tenía eso que llaman “vida”. Ese algo que va más allá del encanto. Ese algo que tiene mucho de inteligencia y mucho de picardía. Leonor era más que bonita, sin ni siquiera ser bonita.

Manejaba cuando sólo dos mujeres manejaban en Caracas. Salía a pasear en el Lincoln de su papá, desde Caracas hasta Los Chorros. En Los Dos Caminos montaba en el carro a todos quienes cupieran y quisieran pasear hasta la casa grande. De “orillera”, la calificaba su mamá cuando la veía entrar en el automóvil en medio de una gran algarabía, con muchachos sentados hasta en el capó y tocando la corneta. Al nomás bajarse del carro, salía en frenética carrera a lanzarse con ropa y todo en el tanque de agua, seguida por todos sus pasajeros.  “No parece ni prójima de la madre”, decían los lugareños.

Se susurraban historias sobre ella. “Parece que no es virgen”… “tuvo un romance con un hombre casado”… “la vieron bañándose a medianoche en el chorro de Ño Leandro con el embajador del Canadá”… pero siempre había alguien que las desmentía o las acallaba. A Leonor, al contrario del resto de su familia, la tenía muy sin cuidado el “qué dirán”. Su franqueza desarmaba a cualquiera. Con la misma desfachatez con la que le había metido un rabipelado en el baño a la esposa del presidente de una compañía de seguros norteamericana “para que aprendiera a no ser tan pazguata”, se paraba en medio de los discursos en los actos oficiales y se iba. Leonor Alcántara no comía cuentos.

Indomable era el calificativo que mejor le calzaba. Su madre había perdido las esperanzas de que cambiara, aunque la seguía de cerca para intentar guardar las pocas apariencias que le permitían los actos de su hija mayor. Leonor usaba pantalones para salir en Caracas, se quitó el luto por la abuela antes del año, tomaba ron y ocasionalmente fumaba. Era total y absolutamente irreverente. Irónica con la gente que consideraba tonta y sarcástica en sus apreciaciones sobre la vida. Dormía desnuda, leía hasta la madrugada libros que no tenían el “nihil obstat” en el que insistía su madre y a falta de imágenes de hombres desnudos – las fotos que había traído de Nueva York las quemó la señora Alcántara- se excitaba viendo unas fotos de desnudos femeninos que encontró guardadas en una lata, en el fondo de una gaveta en el estudio de su papá.

Leonor tenía el cabello castaño oscuro y corto. Se lo cortó ella misma el día que cumplió dieciocho años, harta de la larguísima trenza que por años había usado y que guardaba para colocarse como postizo en ocasiones especiales. Ya una vez lo había llevado corto, cuando tenía siete años, pero había sido por causa del tifus. Desde entonces no se lo había cortado. Además, el cabello corto estaba de moda y se le veía muy bien, pues lo tenía liso y muy brillante. Para ondulárselo, en las noches se colocaba unas pinzas francesas que le había regalado su amigo Manasés. La señora Alcántara no veía con buenos ojos la amistad de su hija con el judío “porque los judíos mataron a Cristo”, pero Leonor respondía invariablemente:

-Mamá, ¿qué de malo tienen los judíos? ¡Cristo era judío!

Manasés era distinto a todos sus otros amigos. Hablar con él siempre era muy interesante. Hablaba de otros temas y hacía otras cosas. La había llevado al set donde su amigo Enrique Zimmerman filmaba la película  La Dama de las Cayenas o pasión y muerte de Margarita Gutiérrez, una sátira de La Dama de las Camelias que se había estrenado unos meses antes. Ahí Leonor descubrió una nueva pasión: el cine, e hizo amistad con dos de los actores: Francisco Pimentel, a quien llamaban el Jobo, y Leoncio Martínez, apodado Leo.

Con Manasés había ido a ver a sus amigos barriendo la Plaza Bolívar trajeados de smoking, por órdenes de un hipnotizador que habían visto en el Teatro Municipal.

-         ¿Y a ti por qué no te hipnotizó, Manasés? –
-         Porque yo no soy patiquín.

Leonor rechazaba con toda fuerza las diferencias sociales. En eso se parecía a su papá, el doctor Alcántara.

     - Si yo quisiera matar a mi mamá, con decirle que me voy a casar con un negro pobre bastaría – le decía a Manasés.
     - No vayas tan lejos: si le dices que te vas a casar conmigo también se moriría – y los dos se reían a carcajadas.

Manasés había sido el primer hombre que la había besado. Como ambos sabían que era imposible una relación entre ellos –Manasés tenía que casarse con una judía- se convirtieron en mejores amigos.

-         Tienes los ojos tan negros que no se te ven las pupilas, y eso me causa intranquilidad.
-         ¿Y por qué, Manasés?
-         Porque no sé si me estás diciendo mentiras. Cuando la gente dice mentiras se le dilata la pupila.
-         ¿En serio? Tú mejor que nadie sabes que soy muy franca: yo digo lo que pienso.
-         Sí, pero puedes decir lo que piensas y también decir mentiras. No son cosas excluyentes.
-         ¿Y tú crees que yo digo mentiras?... Dime, ¿qué mentiras te he dicho?
-         Yo lo que creo es que tú tienes un volcán adentro que no sabes cómo manejar.
-         ¿Que no sé cómo manejar? ¡Eso crees tú, Manasés!…

Emma era la mejor amiga de Leonor. Vivía en casa de los Alcántara cuando estaba en Caracas. Ella y Leonor eran muy distintas, pero desde que se conocieron siendo muy pequeñas habían sido inseparables. Fue con motivo de la boda de un tío de Leonor con una tía de Emma en Villa de Cura, que selló la amistad de vieja data de las dos familias. Además, la señora Alcántara era la madrina de Emma.

-         ¡Qué bueno que llegaste! – le dijo Leonor a Emma – No aguanto a Glorita. Mi mamá le dijo que no me dejara sola ni un segundo y estoy que la pateo. Manasés tampoco la soporta, dice que se hace la boba para enterarse de todo lo que hablamos para ir a soplárselo a mi mamá. Eres mi chaperona favorita, Emma.
-         Yo también estoy muy contenta de haber venido, tengo cosas que contarte.
-         ¡Cuéntame, cuéntame!
-         ¿Te acuerdas de Daniel Smith?
-         ¡Claro, es el buenmozo aquél que te coronó cuando fuiste reina de los carnavales! ¡Cómo olvidarlo!

Emma se sonrojó.

-         Me ha estado visitando.
-         ¿En serio?... ¿y qué… por fin te diste un buen revolcón?
-         ¡Ay, Leonor, tú con tus cosas! Si te oyera mi madrina.
-         ¿Te revolcaste o no?
-         ¡Claro que no, Leonor! Y tú tampoco te has revolcado con nadie, no sabes nada de eso. Las que se revuelcan son las mujeres de la mala vida. Tú y yo somos mujeres decentes y observantes cristianas.

Leonor sonrió. Si supiera Emma de lo que se había perdido.

-         ¿Ni un beso te ha dado?

Emma se volvió a sonrojar.

-         ¿Te besó, Emma?
-         Sí.
-         ¿Y?
-         Me propuso matrimonio.

domingo, 1 de agosto de 2010

Amiga, valiente amiga

El miedo a perder la salud es uno de los miedos más auténticos y antiguos del ser humano. A nadie le gusta enfermarse. Pero las actitudes varían frente a la enfermedad. Y hay actitudes que sencillamente nos llenan de admiración porque se convierten en regalos de vida: es el caso de mi amiga Nelliana Viloria, mi valiente amiga.

La conocí porque estamos juntas en el curso de Escritura Creativa que dicta la muy genial Milagros Socorro. Supe que estaba enferma porque una tarde se salió de clases porque no se sentía bien.

-Es que la quimioterapia me ha pegado muy fuerte –dijo antes de salir. Creo que hasta ese momento nadie sabía que tenía cáncer.

Y es que el curso para ella ha sido una maravilla, pues en su vida ordinaria ella es una persona que está enferma. En el curso, es alguien que se está preparando para ser una gran escritora. Y lo va a ser.

Hace poco tuve la oportunidad de salir con ella. El tráfico caraqueño nos permitió –por un solo día agradecí que hubiera tráfico- conocernos mejor y compartir experiencias. No tengo sino palabras de admiración para ella. ¡Y lo más increíble es que ella me mandó una nota dándome las gracias a mí!

Nelliana, mi amiga, mi valiente amiga, las gracias te las tengo que dar yo a ti. Por muchas razones. Te agradezco que me hayas escogido para oírte. Te agradezco que hayas pensado que yo puedo servirte de apoyo porque mi propia experiencia con la enfermedad de mi hija te puede ayudar. Te agradezco que hayas compartido conmigo tus experiencias porque encontrarme con tu aplomo, tu valor y tu dignidad ante tanta adversidad me ha enriquecido. Yo siento que hoy soy mejor ser humano por haberte conocido a ti.

Nelliana, mi amiga, mi valiente amiga, no tengas miedo. Sé que saldrás adelante. Estoy convencida de que te vas a curar y que este trance te hará más fuerte, más lúcida y más diáfana. Y sé que esa fortaleza, esa lucidez y esa diafanidad saldrán de tu pluma maravillosa como testimonio del triunfo del ser humano frente a la adversidad. Tienes muchas cosas que contar, mucha sabiduría que repartir, mucho ejemplo que dar.

Tengo en mi corazón tu imagen con tu hijita sentada en tus piernas. Guarda este artículo para que se lo enseñes cuando sea ella quien te siente en sus piernas. La vas a ver crecer y sentarás en tus piernas a sus hijos.

Nelliana, mi amiga, mi valiente amiga… gracias por tu valor, por tu entereza. Gracias por ser mi amiga.

domingo, 25 de julio de 2010

Lo exabrúptico, cotidiano

Grandes afiches por todo el país dicen que “en revolución” lo extraordinario se hace cotidiano. No es lo extraordinario, es lo exabrúptico:

La ruptura de relaciones con Colombia capea “por ahora” las serísimas denuncias que hizo el Embajador Hoyos en la OEA. El ministro El Aissami acusa de “irresponsable” al gobierno de Colombia por “arremeter” contra la dignidad de nuestro pueblo. Arremeter contra la dignidad de nuestro pueblo sería auspiciar, apoyar y colaborar con grupos terroristas. ¿Por qué no investigar si todo es un invento de la oligarquía colombiana en connivencia con la CIA y los “paracachitos”?

El 21/7/2010 leímos en El Nacional que “Jueza puso en libertad a detenidos por leche vencida”. En cambio, abrirán investigación a los funcionarios de Polilara que participaron en el decomiso del producto. El escándalo de Pdval pica y se extiende. Pero el gobierno ni investiga, ni persigue ni castiga a los culpables. La solidaridad para con los revolucionarios es automática.

Apareció otro testigo estrella, a quien despacharon directo y sin escalas para Cuba. Claro, el anterior testigo estrella habló tanto que su boca dijo cosas que desmintieron a sus ojos…

El presidente de la república se ha confesado marxista. Ha repetido hasta la saciedad que estamos en la construcción del “socialismo bolivariano”. Y el comunismo está basado en el principio marxista de la supresión de la sociedad capitalista para lograr el establecimiento de una sociedad socialista, el paso previo de una sociedad comunista. Pero cuando el Cardenal alerta que vamos hacia el comunismo, le caen a insultos que no quiero repetir.

En materia de comunicaciones, intervinieron un banco, ¡oh, casualidad! cuyo principal accionista lo es también del único canal de televisión con línea editorial opuesta al gobierno.

Están presos directivos de casas de bolsa, pero no investigan a los boliburgueses que han hecho milmillonarios negocios con los bonos emitidos por el gobierno.

“Desesperanza aprendida” la llama Teodoro Petkoff, para paralizarnos, para que no actuemos, para que no votemos.

Los seres humanos arrinconados no tienen otra opción que dar un último empujón. Y ése lo vamos a dar en septiembre con nuestros votos, para que lo exabrúptico deje de ser lo cotidiano.

lunes, 19 de julio de 2010

Éxito sin complejos

Hace dos domingos me sucedió algo que me conmovió tanto que quiero compartirlo con ustedes, mis lectores, como lo he hecho en privado con algunos amigos:

Fui al supermercado y cuando entré a la sección de legumbres y vegetales vi a un señor cortando y empaquetando auyamas: era Arlindo da Gama, uno de los dueños de la cadena Excelsior Gama. ¡Cuánta admiración sentí por él en particular y por todos los que han venido de otras latitudes a enriquecernos con su trabajo!

Me quedé un rato observándolo. Amablemente atendió y tuvo una sonrisa para todos quienes se le acercaron. Finalmente me le acerqué yo. Lo había conocido en una cata de vinos hacía un año, cuando nos presentó un amigo común:

“En nombre de mis hijas, muchas gracias por todo lo que ha hecho por el país”, le dije.  Le conté cómo él y sus jóvenes parientes habían sido un ejemplo para nosotros cuando éramos pequeños e íbamos con mi mamá al Abasto Excelsior que quedaba en Los Palos Grandes y ella siempre nos hacía notar que esos muchachos tan jóvenes ya estaban trabajando.

“Por favor, no se vaya a ir de Venezuela”, le dije. “¿Irnos?” me respondió… “¡Claro que no nos vamos a ir, si ahora es cuándo!”

Ese episodio me recordó un día que yo estaba hablando con Francisco Rodríguez en su oficina de Festejos MAR en La Florida, y él veía por la ventana a un muchacho que lavaba platos en una batea que había en el patio. “¡Ese muchacho no sabe lavar platos””, dijo. Se quitó el saco, se arremangó la camisa y fue a enseñarle personalmente cómo se debían lavar.

Era la misma actitud de Filippo Sindoni cuando recorría las instalaciones de Pastas Sindoni.

¡Cuánto nos queda por aprender de nuestra inmigración trabajadora! Una reforma constitucional debería ser permitirles ser presidentes de la república. Esos hombres y mujeres han construido parte importante de lo bueno que tenemos en Venezuela. Son personas que han trabajado -y siguen trabajando- sin complejos y con éxito,
 porque no sienten el trabajo como algo que denigra, ni como un castigo. Ver a Arlindo da Gama un domingo cortando y empaquetando auyamas -que no es otra cosa que seguir apostando por Venezuela desde lo más simple a lo más complejo- me llena de entusiasmo.

Para usted señor da Gama, este pequeño homenaje de respeto y admiración.

lunes, 12 de julio de 2010

¿En qué alma cabe esto?

A todos los venezolanos nos enseñaron desde chiquitos que la comida no se bota. Nos enseñaron que no se deja nada en el plato y que con la comida no se juega. 

Si en la calle nos piden dinero, no sabemos para qué o para quién va destinado. Pero si nos piden comida, siempre hacemos el esfuerzo de dar. 

Los venezolanos compartimos la comida con quienes están en nuestras casas a la hora de comer. Las veces que la naturaleza nos ha golpeado con furia, los venezolanos todos -en la medida de nuestras posibilidades- hemos enviado comida para los damnificados. 

Los venezolanos compartimos la comida, no la escatimamos. En todas los hogares hay historias que hablan de ese principio. Tenemos responsabilidad y generosidad para con la comida. Por todo esto es que indigna tanto el asunto de los containers. Se perdió comida. Hubo que incinerar comida. Hubo que botar comida. 

Mucha gente que hubiera podido comer, no comió. La comida que han podido hasta regalarles, se perdió. 

Y no es algo trivial como que "quedó un plato frío de anoche". Fueron millones ¡MILLONES! de platos que se perdieron. Y eso no nos cabe en la cabeza. 

Los venezolanos sabemos que esa comida no se perdió por causas de un desastre o por fuerza mayor: ¡se perdió por irresponsabilidad, por desidia y por soberbia de quienes se llenan la boca autoproclamándose favorecedores, amigos, aliados del pueblo! ¿Cómo serían, qué cosas distintas harían, en qué se diferenciarían si fueran sus enemigos? ¡Cuánta hipocresía, cuánta corrupción, cuánta caradura se necesita para salir ileso de una situación como ésta! Y eso nos oprime. 

Y oprime más el conocer que muchos lo sabían, y que, adrede, la dejaron perder. Ante este horror, lo primero que nos cruza por la mente es: "¡No! ésos no pueden ser venezolanos. Nosotros no le hacemos eso a nadie". Mi gente no le hace eso a su gente. 

Se rumora que, en efecto, hay extranjeros envueltos en el escándalo. Pero los responsables al más alto nivel tienen una cédula que comienza con una "V" seguida de un guión y sus mamás los arrullaron con el himno nacional. 

Entonces los venezolanos, desconcertados, nos preguntamos "¿en qué alma cabe esto?".Y tristes y desgarrados, nos preguntamos si podremos reconocer en lo sucesivo a esos irresponsables-responsables como nuestros compatriotas.