sábado, 21 de agosto de 2010

Eduardo Alcántara Valderrama

Eduardo Alcántara era un joven apuesto y alegre. Tenía el cabello rubio casi blanco, que le caía en bucles sobre la frente. A los dieciséis años empezó a peinarse para atrás, con gomina, para tener un aspecto de “más seriedad”. Sus ojos eran como los de Leonor, negros como pozos, que hacían un contraste interesante con su cabello tan rubio. De bebé era tan bonito que la negra que lo cargaba le ponía un pañal sobre la cara cuando lo sacaba a pasear "para que no le echaran mal de ojo" y se enfurecía cuando le preguntaban si era una niña.

Su padre, que no había querido ponerle su nombre a sus anteriores hijos varones, terminó por ceder ante la insistencia de la señora Alcántara, de que debía llevar su nombre.

-         Es una lata cuando los hijos se llaman igual que el papá, porque uno no sabe de quién      están hablando – decía el doctor Alcántara.

-         ¡Pero cómo no van a saber, si tú eres un hombre hecho y derecho, y éste es apenas un bebé!

-         Mi señora, cuando él empiece a caminar y usted lo esté llamando, voy a creer que a quien llama es a mí. De manera que si usted quiere que ese niño se llame Eduardo, yo no voy a contestar cuando me llame, esté advertida. Y no voy a permitir que le digan Eduardito, porque cuando crezca, si tiene mi mismo tamaño, será ridículo que le digan así.

-         ¡Tú cuando quieres ser necio eres bien necio, Eduardo! – dijo airada la señora Alcántara.

-         ¿Eduardo el bebé o Eduardo yo?

La señora Alcántara se levantó y salió de la habitación.

-         El bebé se va a llamar Eduardo, como su papá – anunció.



Eduardo –Eduardito, como lo llamaban todos, muy a pesar de las constantes quejas de su padre- tocaba muy bien cualquier instrumento de cuerdas, tenía una voz hermosa y una increíble facilidad para las matemáticas. Sacaba cuentas a una asombrosa velocidad. En el colegio, los profesores lo adoraban: era un placer darle clases. Le ponían problemas complejos que resolvía con la mayor naturalidad del mundo:

-         Usted tiene que llevarse a Eduardito de aquí, doctor Alcántara-le decía con frecuencia el director del colegio -Mándelo para los Estados Unidos para que estudie allá, usted que tiene esa posibilidad. Ese muchacho es un genio.

Pero los planes del doctor Alcántara era que Eduardo estudiara la universidad en los Estados Unidos, no el colegio. Si se iba demasiado joven podría pasarle como a Dionisio, el hermano mayor del doctor Alcántara, que se fue a estudiar Matemáticas a Francia y nunca regresó a Venezuela.

- Venezuela es un pueblo de salvajes. Y a mamá no la veré más, de manera que no  tengo interés en regresar – escribió Dionisio Alcántara a sus hermanos cuando murió su madre.


-         Mijo, aprovecha para divertirte mientras estás aquí, porque allá en los Estados Unidos no vas a ver luz –le decía el doctor Alcántara a Eduardo.


Eduardo había sobrepasado a su padre en estatura. Era el más alto de la familia. Tenía manos grandes de gruesos dedos, espalda ancha y cuerpo atlético. Nadaba con frecuencia en el tanque, aunque no era tan buen nadador como Ramón. Invitaba a sus amigos de Caracas y a la "muchachera" del barrio cercano.

-         Yo espero que Eduardito cambie sus gustos cuando le toque casarse- decía su madre - los Alcántara han debido ser bien orilleros para que Leonor y él hayan salido así.

-         Orilleros son todos, mi señora, no sólo Leonor y Eduardo -contestaba el doctor Alcántara -Ramón y Francisco no se quedan atrás. Además, ¿qué hablas tú de nosotros los Alcántara, si tus hermanos poblaron de bachaquitos Cumaná?

-         ¡Por Dios, Eduardo, no me gusta que digas esas cosas! Mis hermanos jamás se juntaron con mujeres del pueblo. Pero como son gente bien, de ojos claros, quieren encasquetarles cualquier muchacho que se vea mezcladito. ¡Y cómo dices eso de Ramón y Francisco! Ramón tiene que tratar con todo tipo de gente por sus negocios, y ¡Francisco es tan caritativo!


Eduardo se apoderó de una casita que había cerca del tanque de agua donde se bañaban, y la convirtió en su laboratorio personal. Allí pasaba horas, indiferente al mundo que lo rodeaba. Estudiaba y hacía experimentos. Desarrolló una capacidad de abstracción impresionante. Carmencita y Gema, las hijas de la lavandera, eran sus ayudantes ocasionales.

-         Vayan hasta Los Dos Caminos y me compran carburo – las mandaba.

-         Mi mamá dice que el carburo es peligroso, y que tú no deberías jugá con eso- decía Carmencita.

-         Cualquier cosa es peligrosa si no la sabes usar. Y cuando vengan de regreso me compran golfeados.

El veinte de agosto Eduardo cumplió quince años. El mismo día, Gema cumplió catorce.

-         ¡Feliz cumpleaño, Eduardito! - dijo Gema alegre cuando entró al laboratorio esa mañana.

-         Felicidades para ti también- y Eduardo se levantó y le extendió la mano. Gema se sonrojó. Eduardo nunca había tenido ese tipo de deferencia con ella.

-         ¿Dónde está tu hermana? – preguntó él.

-         Se quedó con mi agüela, que está quebrantá.

-         Entonces, vamos a aprovechar que estamos los dos solitos, y vienes y me das un beso de cumpleaños.

-         Será pa' que mi mamá me mate.

-         ¿Y por qué te va a matar?... si tú no se lo dices no se entera. Yo no se lo voy a decir…

Gema bajó la cabeza. Eduardo se acercó más.

-         ¿Y qué va decí Misia Cecilia si se entera? - preguntó ella.

-         No va a decir nada, porque yo no le voy a contar nada. Tú haces igual que yo, te callas la boca. Ven que te voy a dar un beso.

-         Mire que usté es blanco y yo negra. Mi agüela dice que "ustedes son blancos y se entienden".

-         Ajá, ahora me tratas de usted otra vez. ¿Y tú crees que a mí me importa que seas negra? Ven acá.

-         No, Eduardito, no me vayas a embromá.

-         ¿Y de dónde sacas que yo te voy a embromar?... Ven acá – y la atrajo hacia sí.

-         Mi agüela dice que tu papá tiene embromá a Simona y que nosotras no debemos dejanos embromá por ninguno de los blancos.

-         ¡Caramba, Gema, qué trágica te has puesto! Yo sólo quiero un beso.

Y atrayéndola hacia sí, la besó en la mejilla. Sintió su olor.

-         Gema, hueles a níspero. Todo aquí en Los Chorros huele a níspero. Tienes la tierra en la piel - le dijo sin soltarla.

-         Ay, Eduardito, por favó – no podía, ni quería, soltarse del abrazo de aquellos brazos fuertes.

-         Ven, que quiero saber si también sabes a níspero.

La besó apasionadamente. Gema temblaba de placer y de miedo, quería huir y quedarse, reír y llorar. Se veía y no se veía como Simona.

-         Hueles a níspero, pero sabes a mango-le dijo él quedamente, volviéndola a besar- Eres una delicia.


Gema le devolvió el beso. Fueron sensaciones nuevas para ambos, de las que no se atrevieron a hablar, sino que se limitaron a sentir mientras sus bocas se conocían y sus manos nerviosas recorrían sus espaldas.

De repente, Eduardo la soltó, caminó hacia el mesón y como cualquier otro día, le dijo:

         - Toma, calienta esto en el mechero.

Y a pesar de que pasaron el resto de la mañana solos, Eduardo no intentó tocarla de nuevo.

lunes, 16 de agosto de 2010

Francisco Alcántara Valderrama



Francisco, el tercero de los hermanos, había demostrado desde pequeño un enorme talento para la pintura. A los seis años había hecho un dibujo a lápiz de su abuela sentada en una mecedora que dejó a todos boquiabiertos. Deseaba con toda su alma irse a estudiar a Italia, pero su padre le había exigido que estudiara antes de irse "una carrera de hombre" en la Universidad. Cursaba primer año de Derecho y contaba los días que le faltaban para graduarse y poder irse. Contrastaba la dureza con que el doctor Alcántara lo trataba a él, con la mano de seda con la que trataba a Ramón. A éste jamás le exigió que estudiara nada.



Un día que se sentaron a almorzar y Ramón no apareció, Francisco aprovechó el comentario de Leonor sobre el por qué de la ausencia de Ramón, y dijo:



-         A ese paso, Ramón va a botar en poco tiempo toda la fortuna que tanto has trabajado, papá.



El doctor Alcántara montó en cólera.



-         ¡No te permito que hables mal de tu hermano, Francisco, y a ti tampoco te acepto tus sarcasmos, Leonor!... ¡Ésta es una familia unida y tiene que permanecer así! Yo dispuse que Ramón sea el administrador, y así será.



La señora Alcántara cambió de tema, como hacía usualmente cuando algo le resultaba incómodo.



Cuando salieron del comedor, Leonor le pasó el brazo por el hombro a Francisco y le acarició el pelo negro y lacio:



-         No te des mala vida, hermano. A nuestros padres les echaron polvitos de parampampán en lo tocante a Ramón.


-         Pero es que va a botar todo, y no quiero que por su culpa ninguno de ustedes pase trabajo.


-         No te preocupes, nadie va a pasar trabajo: tú vas a ser un pintor famoso y vas a tener mucho dinero. Baltasar va a ser un científico y Clara y Margarita se van a casar con millonarios.


-         ¿Y tú, Leo?


-         Yo me las arreglo, por mí no te preocupes.



Francisco abrazó a su hermana.



Fue Francisco quien llevó el piano a la casa grande. Tocaba el piano con frecuencia. Cuando eran más jóvenes, acompañaba a Ramón en sus canciones. Pero Ramón ahora cantaba sólo cuando estaba ebrio. Francisco también era excelente declamador, y hacía gala de sus habilidades cuando se reunían grupos de jóvenes amigos, para oír música, declamar y cantar. El doctor Alcántara no asistía a esas reuniones, ni en la casa grande, menos aún en Caracas.



         -Son vainas de mujeres.



A veces Francisco sacaba su cuaderno y hacía retratos de las jóvenes asistentes. De Emma hizo un retrato que le valió el segundo premio en el concurso de la Academia de Bellas Artes. Y a su madre la retrató muchas veces.



Ramón se burlaba de él.



         -Francisquito el mamito.



         -Ramonacho el borracho.



         -A que nunca te has echado un palo en tu vida, ni te has cogido a   una mujer.



         -Eso no es asunto tuyo, Ramón. Y si te parece que eso es ser hombre, entonces eres un hombrón.



Y Francisco le daba la espalda y se iba.



La gente lo quería por su gran corazón y sensibilidad humana. En Caracas tenía un séquito de pedigüeños, pues jamás les decía que no. Cuando iba a la casa grande, se metía en los ranchitos más pobres de los alrededores y en la medida de sus posibilidades, ayudaba a todos. Francisco era cálido y bondadoso. Para todos tenía una palabra amable y una sonrisa que le abría dos hoyuelos cerca de las comisuras, que resultaba realmente encantadora. No disponía de dinero como Ramón, pero descubrió que si decía que era para comprar pinturas su madre le daba más de lo que necesitaba.



Su madre lo adoraba, y Francisco a ella. Era una idolatría mutua.



         -Mamá es el ser más perfecto de la naturaleza –decía cuando se       refería a ella.



Peleaba con Ramón todas las veces que se enteraba que éste había llegado borracho, porque sabía que aunque no lo exteriorizara, su madre sufría con sus andanzas.



         - Mamito -le decía Ramón.


         -Eres un imbécil, un parásito. No te importa cómo sufre mamá.


         -Mamá no sufre, chico. Mamá vive en otro mundo, en el mundo     de sus antepasados perfectos y sus descendientes más perfectos aún. ¿No ves que somos unas maravillas?


         -Eres un ser despreciable, Ramón. Dios te va a castigar.


         -Tienes bien aleccionada a Clara. Ella me dice lo mismo, que soy   despreciable.


         -Me das asco. ¡Qué vergüenza que seas mi hermano!


         -Ah, ¿sí? ¡Mira como tiemblo del miedo! Tiemblo como cuando    Clara me amenaza -y se marchó riéndose a carcajadas.



Francisco era religioso en extremo. Cuando podía, también asistía a misa durante la semana. Le gustaba conversar con el padre Pablo, un jesuita brillantísimo, con quien aumentó las nociones básicas que tenía de filosofía y teología. También conversaban de historia, literatura y por supuesto, de arte.



Con su religiosidad convivía la superstición. Francisco era impresionable, obsesivo y manipulable. Si estaba rezándole a la Virgen de la Soledad y una anciana se le acercaba a pedirle limosna y al agradecerle le decía que se cuidara, lo tomaba como una “señal” y pasaba días angustiado de que algo le iba a pasar. Por eso se obsesionó con la historia de Velda. Por eso escogió para él la habitación que ella ocupó en la casa grande.



De noche, sus sueños eran tan reales, tan densos, que despertaba sudando. La llamaba:



         - ¿Dónde estás, Velda, para qué me quieres?



Francisco también era amigo del doctor Plaza, quien había tratado a Velda en sus últimos días. Plaza lo pasaba a la morgue como si fuera un estudiante de medicina, para estudiar y dibujar los cadáveres, como habían hecho los mejores dibujantes del Renacimiento. Cuando quedaban solos Francisco lo acosaba a preguntas:



-         Dime cómo era Velda…


-         Era horrenda, te lo he dicho mil veces…


-         Pero algo bonito tenía que tener.


-         Nada, Francisco, la pobre era un monstruo.


-         Piensa, piensa… algún pequeño de talle, piensa en su voz…


-         ¡No, chico, pero qué dices! ¡Qué voz ni que voz!



Pero Francisco era tenaz y no se daba por vencido. Estaba empeñado en conocer todo sobre Velda. Las pocas personas que la habían visto de lejos, referían que siempre llevaba un velo sobre el rostro, por lo que no la podían describir. Y Endrina, la mujer que la había cuidado siempre, se había ido después del entierro y no había vuelto.






domingo, 15 de agosto de 2010

Otra torta más

Las palabras del Ministro del PP para la Educación Edgardo Ramírez, en la apertura de la  “I Jornada de Saberes del Presupuesto Público en el Sector Universitario” que se realizó la semana pasada, y las explicaciones ulteriores que dio a la prensa, me dejaron bien preocupada.

Dijo el ministro que debían “ponerse de acuerdo en lo que debe ser un modelo alternativo de presupuesto”, que estará concebido en función de la masificación de la educación. Yo creo en la masificación de la educación, siempre que vaya de mano de la calidad de educación. Pero no es un secreto para nadie que aquí en Venezuela el deterioro de la educación comenzó cuando se masificó sin tomar en cuenta la calidad.

Entonces, ¿puede ser el argumento de mayor peso el hecho de que la Universidad Bolivariana y la Unefa entre ambas tienen una matrícula de casi medio millón de estudiantes,  y por lo tanto necesitan más presupuesto?...

En este gobierno en particular se han dedicado al tema de la educación superior sin tomar en cuenta la exponencialmente creciente deserción escolar de la primaria, ni los bachilleres que se han graduado sin haber cursado matemáticas, o historia, o geografía, por ejemplo, porque no había profesor. Entonces, si se trata de hacer “justicia social” como dijo el ministro, tendrían que empezar por debajo. Porque lo que están haciendo es decorar una torta que no está hecha. Y están poniendo la torta. Otra torta más. Ya habrá quien diga que “qué es una raya más para un tigre”. Pero en educación, más que en ningún otro sector, cada raya cuenta, porque cada raya es una raya.

El ministro dijo que no reducirían el presupuesto, sino que  “lo adaptaremos a los procedimientos y manuales que establecen los parámetros a la hora de ejecutar el presupuesto universitario”. ¿Cómo va a adaptarlos sin reducir el presupuesto de las “otras”? Porque si hubiera dinero suficiente, este asunto ni lo hubieran planteado.

Para colmo de males, los presupuestos no los van a diseñar expertos, sino que serán fruto de la “participación protagónica”, esa donde ellos protagonizan y luego participan…

La educación es un tema demasiado importante, demasiado medular, demasiado serio para convertirlo en un instrumento de proselitismo político. Las tortas en educación andan por la calle y muchas ocupan cargos públicos, por desgracia. Y quien paga es el país…

sábado, 14 de agosto de 2010

Ramón Alcántara Valderrama

Ramón, el segundo de los Alcántara, era alto y delgado, de contextura atlética. Tenía el pelo liso con reflejos rojizos, por todo el sol que había tomado, algunas pecas sobre la nariz respingona, y una sonrisa esplendorosa. A los dieciséis años practicaba el salto de garrocha y nadaba como un pez en Macuto. Siempre se las arreglaba para entrar en la playa de las mujeres.

-         ¿Quién se está ahogando? ¿Necesitan salvavidas?- preguntaba.
-         Nadie se está ahogando, Ramón, porque nadie se está bañando. Estamos aquí tomando sol –le respondían sus amigas divertidas por su desfachatez.
-         Bueno, pero mejor me quedo por aquí por si me necesitan. El mar está picado y ustedes no saben nadar.
-         El mar está como un plato…

Y a pesar de las quejas de las mismas matronas de siempre, era recibido con beneplácito por la mayoría.

Ramón también cantaba con una hermosa y aterciopelada voz de barítono que jamás quiso educar, muy a pesar de la insistencia de conocedores que encontraban en él una promesa real. Era muy popular entre las muchachas. A la hora de las serenatas, la presencia de Ramón era obligatoria. Cantaba toda clase de arias de óperas y zarzuelas, canciones latinoamericanas y le había inventado letra a la música de jazz de una colección de discos de la RCA Victor que poseía.

Pero su especialidad, su caballito de batalla era “Largo al factotum” de El Barbero de Sevilla, que tarareaba con frecuencia:

         - Ah, bravo Figaro!
         Bravo, bravissimo!
         Fortunatissimo per verità!

Ramón era simpático y divertido. El alma de las fiestas. Sabía cuentos que a todos hacían reír. Tenía “chispa”. Su padre la atribuía a la lamparosa, un pescado que comían en Cumaná, que según él, volvía a la gente inteligente.

Pero Ramón, si en algún momento fue inteligente, echó sus talentos por la borda. A los quince años descubrió el alcohol, y de allí en adelante, toda su vida fue un continuo descenso. El alcohol acabó con él.

Cuando se emborrachaba, perdía la cabeza.

-         Cuando toma, Ramón le da palo a todo mogote -decía Uzcátegui, el chofer del doctor Alcántara, quien se había autodesignado “rescatista” de Ramón. Ya había perdido la cuenta de las veces que lo llevó cargado hasta su cama, desmayado o gritando y pateando como un loco. Nunca se sabía cómo terminaba la borrachera.

Ramón empezó a perder la popularidad que tenía entre sus amigos cuando le dio una nalgada a una de las hijas del Superintendente de las Aguas en pleno baile de carnaval. La muchacha armó un escándalo y Ramón, con un avergonzado y contrito doctor Alcántara, tuvo que ir a pedirle excusas a ella y a su padre al día siguiente. Si el doctor Alcántara no hubiera sido ministro, Ramón hubiera pasado una buena temporada en la cárcel.

Pero su caída en desgracia definitiva se debió a que en una de sus borracheras confundió a la suegra del ministro de salud con la dueña de un burdel que frecuentaba en La Pastora.

-         Mi amor, consígueme una carajita que esté bien buena para esta noche – le dijo.
-         ¡Cómo se atreve, joven, no sea insolente! Respéteme, que yo soy una dama.
-         ¿Dama? ¡Si en los salones de pipiripao de Caracas las damas se cuentan con los dedos de una mano! ¿Te vas a hacer la loca, corazón?... Tú que me has conseguido las mejores carajitas de este país – insistía Ramón, mientras la tomaba por la cintura – mira, mira, tengo billetes de los que te gustan…

Una sonora bofetada lo dejó en el sitio. Ramón quedó lamentándose, pero sin percatarse del error. Se sobó la mejilla.

         - Esta puta está arrecha hoy…

Al rato llegó Carlos, el hijo de la agredida, con dos amigos.

-         Ramón Alcántara, si no fueras hermano de Baltasar, te pegaría un tiro en este instante.
-         ¿Y a ti qué te pasa?... ¿qué les pasa a todos, se volvieron locos? – preguntó Ramón, sin levantarse del sofá - Figaro! Figaro! Figaro! Ahimè, che furia! Ahimè, che folla! Uno alla volta, per carità!
-         Vamos, Carlos, déjalo así, no te ensucies las manos por un borracho de mierda –le dijo uno de los amigos.

Pero Carlos estaba indignado y le propinó a Ramón un derechazo que lo dejó tendido hasta el día siguiente, cuando Uzcátegui dio con él.

Inexplicablemente, ni la señora ni el doctor Alcántara aceptaban que Ramón era un enfermo. Según ella, sus hijos eran perfectos. Hablaba horrores de los hijos de los demás. Antonio Guevara, hijo de los Guevara, que vivían enfrente, era uno de los blancos habituales de sus críticas:

-         Ese niño es un bueno para nada, y lo peor es que no le da vergüenza. Pensar que su padre es médico, y él nada más que un zángano. Y encima de todo, bebe como una cuba.

Ramón Alcántara tampoco hacía nada, pero por supuesto, él no era un zángano; cuando salió del colegio de los Padres Franceses no quiso ir a la Universidad, pero según su madre, no le hacía falta.

-         Ramón tiene de manera innata una mente para los negocios tan brillante, que en la Universidad misma le han rogado que dé clases.

En Caracas salía de su casa "a hacer negocios", que no era otra cosa que meterse en un bar cerca de la esquina de Altagracia, a tomar desenfrenadamente con todos los que frecuentaban el lugar. Cuando se alegraba, se montaba en una mesa y lanzaba billetes al aire. Gracias a esa prodigalidad, "Ramoncito" era el borracho más popular de Altagracia a Salas, de Salas a Balconcito y de Balconcito a Cuartel Viejo.

Le gustaba visitar un bar en Petare que se llamaba "Un solo dolor", y que –gracias a él- abría desde temprano cuando los Alcántara temperaban en la casa grande.

De allí salía borracho a la siguiente parada de su habitual itinerario: el burdel de Catalina. Las "niñitas" lo adoraban, pues tenía siempre los bolsillos llenos de dinero, y si se le acababa, mandaba a Uzcátegui, a que le trajera más.

- Misia Cecilia, Ramoncito necesita más real para un negocio.
- ¿Desde cuando a "eso" le dicen negocio?- preguntó Leonor.
- No hace falta tu sarcasmo, Leonor. Ramón tiene madera, un don innato para los negocios. Venga, Uzcátegui, para que le lleve el dinero que necesita. ¿Esto será suficiente? ¿No dijo Ramón cuánto quería?

Y la escena se repetía noche tras noche. Cecilia Alcántara esperaba a su hijo despierta.

-         ¡Ay, hijo, qué bueno que llegaste!
-         Mamá, un negocio con unos gringos... sí que toman esos gringos.
-         Claro, y si no tomas con ellos piensan que es una descortesía...
-         No se les puede decir que no. Y eso que mientras yo me tomaba uno, ellos se tomaban tres.

Clara, una de sus hermanas menores, se moría de la rabia.

- Eres un borracho -le dijo un día.
- Y si lo soy…  ¿a ti qué te importa? -le contestó Ramón.
- Me importa mamá, que cree que estás haciendo negocios.
- Carajita, además de bonita eres inteligente.
- De verdad que Leonor tiene razón. Eres despreciable.
- Mírame, Clareta, mírame como tiemblo de miedo por lo que dices.

Leonor Alcántara Valderrama

La mayor de los hijos del ministro tenía eso que llaman “vida”. Ese algo que va más allá del encanto. Ese algo que tiene mucho de inteligencia y mucho de picardía. Leonor era más que bonita, sin ni siquiera ser bonita.

Manejaba cuando sólo dos mujeres manejaban en Caracas. Salía a pasear en el Lincoln de su papá, desde Caracas hasta Los Chorros. En Los Dos Caminos montaba en el carro a todos quienes cupieran y quisieran pasear hasta la casa grande. De “orillera”, la calificaba su mamá cuando la veía entrar en el automóvil en medio de una gran algarabía, con muchachos sentados hasta en el capó y tocando la corneta. Al nomás bajarse del carro, salía en frenética carrera a lanzarse con ropa y todo en el tanque de agua, seguida por todos sus pasajeros.  “No parece ni prójima de la madre”, decían los lugareños.

Se susurraban historias sobre ella. “Parece que no es virgen”… “tuvo un romance con un hombre casado”… “la vieron bañándose a medianoche en el chorro de Ño Leandro con el embajador del Canadá”… pero siempre había alguien que las desmentía o las acallaba. A Leonor, al contrario del resto de su familia, la tenía muy sin cuidado el “qué dirán”. Su franqueza desarmaba a cualquiera. Con la misma desfachatez con la que le había metido un rabipelado en el baño a la esposa del presidente de una compañía de seguros norteamericana “para que aprendiera a no ser tan pazguata”, se paraba en medio de los discursos en los actos oficiales y se iba. Leonor Alcántara no comía cuentos.

Indomable era el calificativo que mejor le calzaba. Su madre había perdido las esperanzas de que cambiara, aunque la seguía de cerca para intentar guardar las pocas apariencias que le permitían los actos de su hija mayor. Leonor usaba pantalones para salir en Caracas, se quitó el luto por la abuela antes del año, tomaba ron y ocasionalmente fumaba. Era total y absolutamente irreverente. Irónica con la gente que consideraba tonta y sarcástica en sus apreciaciones sobre la vida. Dormía desnuda, leía hasta la madrugada libros que no tenían el “nihil obstat” en el que insistía su madre y a falta de imágenes de hombres desnudos – las fotos que había traído de Nueva York las quemó la señora Alcántara- se excitaba viendo unas fotos de desnudos femeninos que encontró guardadas en una lata, en el fondo de una gaveta en el estudio de su papá.

Leonor tenía el cabello castaño oscuro y corto. Se lo cortó ella misma el día que cumplió dieciocho años, harta de la larguísima trenza que por años había usado y que guardaba para colocarse como postizo en ocasiones especiales. Ya una vez lo había llevado corto, cuando tenía siete años, pero había sido por causa del tifus. Desde entonces no se lo había cortado. Además, el cabello corto estaba de moda y se le veía muy bien, pues lo tenía liso y muy brillante. Para ondulárselo, en las noches se colocaba unas pinzas francesas que le había regalado su amigo Manasés. La señora Alcántara no veía con buenos ojos la amistad de su hija con el judío “porque los judíos mataron a Cristo”, pero Leonor respondía invariablemente:

-Mamá, ¿qué de malo tienen los judíos? ¡Cristo era judío!

Manasés era distinto a todos sus otros amigos. Hablar con él siempre era muy interesante. Hablaba de otros temas y hacía otras cosas. La había llevado al set donde su amigo Enrique Zimmerman filmaba la película  La Dama de las Cayenas o pasión y muerte de Margarita Gutiérrez, una sátira de La Dama de las Camelias que se había estrenado unos meses antes. Ahí Leonor descubrió una nueva pasión: el cine, e hizo amistad con dos de los actores: Francisco Pimentel, a quien llamaban el Jobo, y Leoncio Martínez, apodado Leo.

Con Manasés había ido a ver a sus amigos barriendo la Plaza Bolívar trajeados de smoking, por órdenes de un hipnotizador que habían visto en el Teatro Municipal.

-         ¿Y a ti por qué no te hipnotizó, Manasés? –
-         Porque yo no soy patiquín.

Leonor rechazaba con toda fuerza las diferencias sociales. En eso se parecía a su papá, el doctor Alcántara.

     - Si yo quisiera matar a mi mamá, con decirle que me voy a casar con un negro pobre bastaría – le decía a Manasés.
     - No vayas tan lejos: si le dices que te vas a casar conmigo también se moriría – y los dos se reían a carcajadas.

Manasés había sido el primer hombre que la había besado. Como ambos sabían que era imposible una relación entre ellos –Manasés tenía que casarse con una judía- se convirtieron en mejores amigos.

-         Tienes los ojos tan negros que no se te ven las pupilas, y eso me causa intranquilidad.
-         ¿Y por qué, Manasés?
-         Porque no sé si me estás diciendo mentiras. Cuando la gente dice mentiras se le dilata la pupila.
-         ¿En serio? Tú mejor que nadie sabes que soy muy franca: yo digo lo que pienso.
-         Sí, pero puedes decir lo que piensas y también decir mentiras. No son cosas excluyentes.
-         ¿Y tú crees que yo digo mentiras?... Dime, ¿qué mentiras te he dicho?
-         Yo lo que creo es que tú tienes un volcán adentro que no sabes cómo manejar.
-         ¿Que no sé cómo manejar? ¡Eso crees tú, Manasés!…

Emma era la mejor amiga de Leonor. Vivía en casa de los Alcántara cuando estaba en Caracas. Ella y Leonor eran muy distintas, pero desde que se conocieron siendo muy pequeñas habían sido inseparables. Fue con motivo de la boda de un tío de Leonor con una tía de Emma en Villa de Cura, que selló la amistad de vieja data de las dos familias. Además, la señora Alcántara era la madrina de Emma.

-         ¡Qué bueno que llegaste! – le dijo Leonor a Emma – No aguanto a Glorita. Mi mamá le dijo que no me dejara sola ni un segundo y estoy que la pateo. Manasés tampoco la soporta, dice que se hace la boba para enterarse de todo lo que hablamos para ir a soplárselo a mi mamá. Eres mi chaperona favorita, Emma.
-         Yo también estoy muy contenta de haber venido, tengo cosas que contarte.
-         ¡Cuéntame, cuéntame!
-         ¿Te acuerdas de Daniel Smith?
-         ¡Claro, es el buenmozo aquél que te coronó cuando fuiste reina de los carnavales! ¡Cómo olvidarlo!

Emma se sonrojó.

-         Me ha estado visitando.
-         ¿En serio?... ¿y qué… por fin te diste un buen revolcón?
-         ¡Ay, Leonor, tú con tus cosas! Si te oyera mi madrina.
-         ¿Te revolcaste o no?
-         ¡Claro que no, Leonor! Y tú tampoco te has revolcado con nadie, no sabes nada de eso. Las que se revuelcan son las mujeres de la mala vida. Tú y yo somos mujeres decentes y observantes cristianas.

Leonor sonrió. Si supiera Emma de lo que se había perdido.

-         ¿Ni un beso te ha dado?

Emma se volvió a sonrojar.

-         ¿Te besó, Emma?
-         Sí.
-         ¿Y?
-         Me propuso matrimonio.

domingo, 1 de agosto de 2010

Amiga, valiente amiga

El miedo a perder la salud es uno de los miedos más auténticos y antiguos del ser humano. A nadie le gusta enfermarse. Pero las actitudes varían frente a la enfermedad. Y hay actitudes que sencillamente nos llenan de admiración porque se convierten en regalos de vida: es el caso de mi amiga Nelliana Viloria, mi valiente amiga.

La conocí porque estamos juntas en el curso de Escritura Creativa que dicta la muy genial Milagros Socorro. Supe que estaba enferma porque una tarde se salió de clases porque no se sentía bien.

-Es que la quimioterapia me ha pegado muy fuerte –dijo antes de salir. Creo que hasta ese momento nadie sabía que tenía cáncer.

Y es que el curso para ella ha sido una maravilla, pues en su vida ordinaria ella es una persona que está enferma. En el curso, es alguien que se está preparando para ser una gran escritora. Y lo va a ser.

Hace poco tuve la oportunidad de salir con ella. El tráfico caraqueño nos permitió –por un solo día agradecí que hubiera tráfico- conocernos mejor y compartir experiencias. No tengo sino palabras de admiración para ella. ¡Y lo más increíble es que ella me mandó una nota dándome las gracias a mí!

Nelliana, mi amiga, mi valiente amiga, las gracias te las tengo que dar yo a ti. Por muchas razones. Te agradezco que me hayas escogido para oírte. Te agradezco que hayas pensado que yo puedo servirte de apoyo porque mi propia experiencia con la enfermedad de mi hija te puede ayudar. Te agradezco que hayas compartido conmigo tus experiencias porque encontrarme con tu aplomo, tu valor y tu dignidad ante tanta adversidad me ha enriquecido. Yo siento que hoy soy mejor ser humano por haberte conocido a ti.

Nelliana, mi amiga, mi valiente amiga, no tengas miedo. Sé que saldrás adelante. Estoy convencida de que te vas a curar y que este trance te hará más fuerte, más lúcida y más diáfana. Y sé que esa fortaleza, esa lucidez y esa diafanidad saldrán de tu pluma maravillosa como testimonio del triunfo del ser humano frente a la adversidad. Tienes muchas cosas que contar, mucha sabiduría que repartir, mucho ejemplo que dar.

Tengo en mi corazón tu imagen con tu hijita sentada en tus piernas. Guarda este artículo para que se lo enseñes cuando sea ella quien te siente en sus piernas. La vas a ver crecer y sentarás en tus piernas a sus hijos.

Nelliana, mi amiga, mi valiente amiga… gracias por tu valor, por tu entereza. Gracias por ser mi amiga.