lunes, 13 de diciembre de 2010

Las vacas podridas

Un amigo mío escribió en el estado de su chat de Gmail "no estamos en la época de las vacas flacas, sino de las vacas podridas". Un ingenioso juego de palabras que refleja una de nuestras más crueles realidades. 

Lo más podrido es que ya ni siquiera nos hiede la podredumbre. Las cosas que suceden en Venezuela en cualquier otro país del mundo hubieran causado severas protestas, levantado airadas quejas y hasta hubieran causado una profunda crisis de gobierno. Pero aquí, la abismal y preocupante mayoría de la población sigue como si nada. 

Los asesinatos a cualquier hora y en cualquier parte, la corrupción rampante y a cielo abierto, los actos abyectos asumidos como actos de heroísmo y premiados con ascensos y prebendas, las solidaridades automáticas, los abusos de todo tipo, los presos políticos, las expropiaciones, las descalificaciones, las mentiras y las ilegalidades son parte de nuestra podrida cotidianidad. 

Que la muerte de un compatriota a manos del hampa desatada e impune no mueva a quienes tienen el deber de garantizar la seguridad de la población, pero que tampoco conmueva a quienes conocen la noticia, sino que la asumen con la misma indiferencia que asumirían el resultado de un partido de cricket en la India, es síntoma de una profunda putrefacción. Y más putrefacto es que los funcionarios del más alto nivel de Gobierno descalifiquen, pretendan ignorar y hasta se rían en pantalla de televisión de las tragedias que aquí ocurren. 

El que hayan dejado podrir -y peor aún, que hayan traído comida podrida o a punto de podrirse- en cientos de miles de containers, con tantos niños y ancianos comiendo por debajo de la ingesta diaria de calorías, y que no haya pasado nada, grita a los cuatro vientos que la pudrición del Gobierno no es superficial. 

Y para la jaladera de mecate no encuentro otro calificativo que purulenta. 

PS: Siempre en esta época del año escribo un artículo para mi querido amigo Ramón J. Velásquez, quien cumple años el 28 de noviembre. Sé que este año el doctor Velásquez me perdonará no haberlo hecho, pero él entiende que estas cosas hay que decirlas y volverlas a decir. No se puede vivir aceptando como normales las cosas que no son normales, porque ese es precisamente el principio de la descomposición. 

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