lunes, 19 de abril de 2010

La casa de los diablos

En el verano de 1978 nos dio por acercarnos a “la casa de los diablos” en Los Guayabitos. La iniciativa la tomó mi primo Marco, quien había venido de Italia a pasar las vacaciones y se había auto designado como máxima autoridad sobre las cosas que –según él- allí sucedían. Su desorbitada descripción incluía diablos en el jardín (que también han podido ser columpios, fuentes y hasta arbustos bien podaditos, pero que en el terror todos veíamos como diablos) y “misas negras” que los miembros de la supuesta secta oficiaban en un sótano dentro la casa. Todos sentíamos miedo, pero estoy segura de que Marco lo sentía más que ningún otro.
Cada noche, fuéramos adonde fuéramos o viniéramos de donde viniéramos, pasábamos por ahí. Nuestros demenciales gritos han debido escucharlos varios kilómetros más allá.
Una noche alguien lanzó un reto: “¿Quién se atreve a bajarse?”. “Yo no”, se apuró a responder Marco. Todos los demás que veníamos en el carro guardamos un silencio de sepulcro. “Yo me atrevo”, dijo finalmente un valiente. Se bajó justo en la quilla que forma la vía principal con la calle que desciende hacia Turgua. El conductor pisó el acelerador. Carcajadas histéricas llenaron el carro.
Años después aquel valiente fue nombrado ministro. Era inevitable -al verlo tan circunspecto en el cumplimiento de sus deberes- contrastarlo con la imagen de aquella noche, corriendo detrás del carro con los brazos abiertos y gritando desgarradoramente “¡Coño, no me dejen!”.

2 comentarios:

  1. ¡Hola Carolina! Soy Johana, del taller de Narrativa de Milagros Socorro.
    Me gustó mucho este relato, definitivamente lograste atraparme y terminé sintiendo que era yo quien corría detrás de ese carro, despavorida. ¡Muy bueno!

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  2. Hola Carolina;
    Felicitaciones por el blog; me gustó esta crónica de la casa de los diablos :) Estaré pendiente de revisarlo de vez en cuando. Un abrazo, Ma Paula

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