lunes, 16 de agosto de 2010

Francisco Alcántara Valderrama



Francisco, el tercero de los hermanos, había demostrado desde pequeño un enorme talento para la pintura. A los seis años había hecho un dibujo a lápiz de su abuela sentada en una mecedora que dejó a todos boquiabiertos. Deseaba con toda su alma irse a estudiar a Italia, pero su padre le había exigido que estudiara antes de irse "una carrera de hombre" en la Universidad. Cursaba primer año de Derecho y contaba los días que le faltaban para graduarse y poder irse. Contrastaba la dureza con que el doctor Alcántara lo trataba a él, con la mano de seda con la que trataba a Ramón. A éste jamás le exigió que estudiara nada.



Un día que se sentaron a almorzar y Ramón no apareció, Francisco aprovechó el comentario de Leonor sobre el por qué de la ausencia de Ramón, y dijo:



-         A ese paso, Ramón va a botar en poco tiempo toda la fortuna que tanto has trabajado, papá.



El doctor Alcántara montó en cólera.



-         ¡No te permito que hables mal de tu hermano, Francisco, y a ti tampoco te acepto tus sarcasmos, Leonor!... ¡Ésta es una familia unida y tiene que permanecer así! Yo dispuse que Ramón sea el administrador, y así será.



La señora Alcántara cambió de tema, como hacía usualmente cuando algo le resultaba incómodo.



Cuando salieron del comedor, Leonor le pasó el brazo por el hombro a Francisco y le acarició el pelo negro y lacio:



-         No te des mala vida, hermano. A nuestros padres les echaron polvitos de parampampán en lo tocante a Ramón.


-         Pero es que va a botar todo, y no quiero que por su culpa ninguno de ustedes pase trabajo.


-         No te preocupes, nadie va a pasar trabajo: tú vas a ser un pintor famoso y vas a tener mucho dinero. Baltasar va a ser un científico y Clara y Margarita se van a casar con millonarios.


-         ¿Y tú, Leo?


-         Yo me las arreglo, por mí no te preocupes.



Francisco abrazó a su hermana.



Fue Francisco quien llevó el piano a la casa grande. Tocaba el piano con frecuencia. Cuando eran más jóvenes, acompañaba a Ramón en sus canciones. Pero Ramón ahora cantaba sólo cuando estaba ebrio. Francisco también era excelente declamador, y hacía gala de sus habilidades cuando se reunían grupos de jóvenes amigos, para oír música, declamar y cantar. El doctor Alcántara no asistía a esas reuniones, ni en la casa grande, menos aún en Caracas.



         -Son vainas de mujeres.



A veces Francisco sacaba su cuaderno y hacía retratos de las jóvenes asistentes. De Emma hizo un retrato que le valió el segundo premio en el concurso de la Academia de Bellas Artes. Y a su madre la retrató muchas veces.



Ramón se burlaba de él.



         -Francisquito el mamito.



         -Ramonacho el borracho.



         -A que nunca te has echado un palo en tu vida, ni te has cogido a   una mujer.



         -Eso no es asunto tuyo, Ramón. Y si te parece que eso es ser hombre, entonces eres un hombrón.



Y Francisco le daba la espalda y se iba.



La gente lo quería por su gran corazón y sensibilidad humana. En Caracas tenía un séquito de pedigüeños, pues jamás les decía que no. Cuando iba a la casa grande, se metía en los ranchitos más pobres de los alrededores y en la medida de sus posibilidades, ayudaba a todos. Francisco era cálido y bondadoso. Para todos tenía una palabra amable y una sonrisa que le abría dos hoyuelos cerca de las comisuras, que resultaba realmente encantadora. No disponía de dinero como Ramón, pero descubrió que si decía que era para comprar pinturas su madre le daba más de lo que necesitaba.



Su madre lo adoraba, y Francisco a ella. Era una idolatría mutua.



         -Mamá es el ser más perfecto de la naturaleza –decía cuando se       refería a ella.



Peleaba con Ramón todas las veces que se enteraba que éste había llegado borracho, porque sabía que aunque no lo exteriorizara, su madre sufría con sus andanzas.



         - Mamito -le decía Ramón.


         -Eres un imbécil, un parásito. No te importa cómo sufre mamá.


         -Mamá no sufre, chico. Mamá vive en otro mundo, en el mundo     de sus antepasados perfectos y sus descendientes más perfectos aún. ¿No ves que somos unas maravillas?


         -Eres un ser despreciable, Ramón. Dios te va a castigar.


         -Tienes bien aleccionada a Clara. Ella me dice lo mismo, que soy   despreciable.


         -Me das asco. ¡Qué vergüenza que seas mi hermano!


         -Ah, ¿sí? ¡Mira como tiemblo del miedo! Tiemblo como cuando    Clara me amenaza -y se marchó riéndose a carcajadas.



Francisco era religioso en extremo. Cuando podía, también asistía a misa durante la semana. Le gustaba conversar con el padre Pablo, un jesuita brillantísimo, con quien aumentó las nociones básicas que tenía de filosofía y teología. También conversaban de historia, literatura y por supuesto, de arte.



Con su religiosidad convivía la superstición. Francisco era impresionable, obsesivo y manipulable. Si estaba rezándole a la Virgen de la Soledad y una anciana se le acercaba a pedirle limosna y al agradecerle le decía que se cuidara, lo tomaba como una “señal” y pasaba días angustiado de que algo le iba a pasar. Por eso se obsesionó con la historia de Velda. Por eso escogió para él la habitación que ella ocupó en la casa grande.



De noche, sus sueños eran tan reales, tan densos, que despertaba sudando. La llamaba:



         - ¿Dónde estás, Velda, para qué me quieres?



Francisco también era amigo del doctor Plaza, quien había tratado a Velda en sus últimos días. Plaza lo pasaba a la morgue como si fuera un estudiante de medicina, para estudiar y dibujar los cadáveres, como habían hecho los mejores dibujantes del Renacimiento. Cuando quedaban solos Francisco lo acosaba a preguntas:



-         Dime cómo era Velda…


-         Era horrenda, te lo he dicho mil veces…


-         Pero algo bonito tenía que tener.


-         Nada, Francisco, la pobre era un monstruo.


-         Piensa, piensa… algún pequeño de talle, piensa en su voz…


-         ¡No, chico, pero qué dices! ¡Qué voz ni que voz!



Pero Francisco era tenaz y no se daba por vencido. Estaba empeñado en conocer todo sobre Velda. Las pocas personas que la habían visto de lejos, referían que siempre llevaba un velo sobre el rostro, por lo que no la podían describir. Y Endrina, la mujer que la había cuidado siempre, se había ido después del entierro y no había vuelto.






2 comentarios:

  1. Hola Carolina, soy uno de tus radioescuchas, aunque lo hago cada 15 días por razones de trabajo. Me gustaría que visitaras mi blog y leyeras la parte tocante a cine, dentro de una semana pienso montar un comentario acerca de la película HERMANO.
    Pero por los momentos te invito a visitar mi blog, y si te gusta, me pongo a tus órdenes para sentarnos a enseñarte algunos trucos del mismo, por ejemplo en lo tocante a subir imágenes y cosas por el estilo, cosas que enriquecen mucho la publicación. Visita mi blog por fa www.tigrero-literario.blogspot.com

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  2. Carolina Jaimes Branger29 de agosto de 2010, 12:52 p. m.

    Hola, Alí, muchas gracias por tu comentario, ahora entraré a ver tu blog. Yo vi Hermano y me pareció una estupenda película.
    Saludos,
    Carolina

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