lunes, 3 de mayo de 2010

Gumersindo

Fue ese día cuando me di cuenta de por qué causaban tanto estupor las cosas que hacía Gumersindo, el jardinero de casa de mi abuela. Para mis hermanos y yo era normal, por ejemplo, que Gumersindo matara un gusano, lo triturara y enterrara sus despojitos al pie de la mata de amapola, y que al día siguiente amanecieran muertos todos los demás gusanos que vivían en la mata, como una gran y peluda alfombra verde, negra, anaranjada y marrón.

Aquella tarde hacía un calor inusual. Acabábamos de almorzar y salimos con pesadez al jardín. Allí estaba Jaime, el taxista que siempre buscaba a mi Tío Pedro. Buscamos sombra en la glorieta de la pila. Un “chiss, chiss, chiss” nos llamó la atención: una culebra cascabel, armada y lista para atacar, estaba frente a nosotros. “No se muevan”, susurró Jaime.

En ese instante apareció Gumersindo. Su presencia nos calmó. Estiró el brazo con el que sostenía la escoba que siempre lo acompañaba y se quedó viendo fijamente a la culebra. La cabeza de ésta comenzó a temblar. La lengua, segundos antes erecta, quedó colgando. Luego le tembló todo el cuerpo. El “chiss, chiss, chiss” ahora sonaba más rápido. ¡Chiss, chiss, chiss, chiss, chiss, chiss!

Finalmente cayó muerta. Nosotros celebramos con alborozo. Pero Jaime, el pobre, estaba espantado. Se echó agua en la cara, balbuceó algo que no entendimos, se montó en el carro y salió en retroceso a toda velocidad. No supimos más de él. No regresó ni a cobrar.

1 comentario:

  1. Rubén E. Rodríguez M.7 de mayo de 2010, 11:34 a. m.

    Muchas gracias, doña Carolina, por esta historia refrescante, producto de aquellos tiempos idos que ahora añoramos en medio de este interminable “conflicto bizantino” que nos aflige como país. Claro, siempre ha habido problemas; aunque particulares de cada época. Pero cuando éramos niños y muchachos se trataba de asuntos de adultos, quedándonos nosotros apartados de ellos en nuestra vida de sueños por realizar. Creo que precisamente todo tiempo pasado fue mejor – para nosotros – en virtud de que nuestro poder para soñar estaba intacto; no como ahora, cuando nos hallamos “enfermos de realidad” y castigados por la lúgubre perspectiva de perder nuestro país. Pero bueno, como todo no es tenebroso porque sería antinatura, me retrotraje un poco a aquellos tiempos felices con esta breve aunque hermosa historia suya, que me recordó esa visión tan especial de las cosas que teníamos cuando nuestros años y nuestras preocupaciones eran pocas.

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