lunes, 26 de abril de 2010

El peso de las palabras

Vivimos una descomposición que es obvia en todos los órdenes. Pero quizás en el orden de las palabras es más obvia que en ningún otro, porque las palabras son el vehículo para expresarnos.

Y nuestras palabras han perdido peso. ¡Auxilio, por favor, Alexis Márquez Rodríguez! Y es que perdiendo peso pierden significado, pierden contundencia, pierden esencia. Nos hemos acostumbrado a usar OTRAS palabras que además de suplantar las palabras adecuadas, en muchos casos banalizan los hechos que las palabras describen.

Por ejemplo: un amigo vivió una muy desagradable experiencia con unos policías que lo detuvieron y él estaba sin papeles. En vez de ponerle una multa, como hubiera correspondido, los oficiales le quitaron la cartera, le extrajeron la tarjeta de débito y lo llevaron al banco para que sacara dinero. ¡Un secuestro EXPRESS hecho por la policía! Yo le dije que los denunciara, y me dijo que para qué... , que sabrían dónde vivía, qué hacía, dónde estudian sus hijos y prefería "dejarlo así". ¿Cuántas cosas "dejamos así"? Muchas. Lo peor, y a eso viene el tema de este artículo, es que en la reunión en la que nos contó lo que le había pasado, uno de los asistentes le dijo: "no chico, no te robaron, te MARTILLARON". ¿Cómo que no lo robaron? ¡Literalmente lo robaron a mano armada! Pero nosotros, en vez de llamar las cosas por su nombre, recurrimos a eufemismos, que no son otra cosa que la expresión suavizada de una idea dura.

¡Qué bríos! Así, cuando nos violan todos los derechos, cuando nos meten a juro leyes que ya hemos rechazado vía referendo, cuando se burlan de nosotros en nuestras narices, lo que decimos es que "nos están calentando como a la rana del cuento". ¿Y si sabemos que la fulana rana terminó sancochada, por qué no reaccionamos?

Aquí a los robos los llamamos martilleos, a los sobornos les decimos matracas y a las sinvergüenzuras, trajines... Y ni son martilleos ni son matracas ni son trajines. ¿Por qué le quitamos importancia a las cosas que la tienen? Es terrible que lo hagamos, porque es el primer paso para aceptar como normales las cosas que son anormales, para aceptar como parte de nuestra cotidianidad lo que en cualquier parte del mundo civilizado serían hechos punibles.

Y es que como las leyes, aquí las palabras tampoco pesan.

4 comentarios:

  1. Rubén E. Rodríguez M.29 de abril de 2010, 5:37 p. m.

    Un lenguaje pobre nos da una imagen pobre del mundo, en la cual habitualmente la misma categoría conceptual sería ocupada por cosas de diferente índole, incluso abiertamente contrastantes. No es igual decir “martillar” que “robar”, pues el primer verbo define la acción de los pedigüeños y el segundo la de los ladrones (¡oh, Perogrullo!) o - específicamente en el caso de marras – la de los atracadores. “Robar”, según el DRAE, significa “quitar o tomar para sí con violencia o con fuerza lo ajeno” o “tomar para sí lo ajeno, o hurtar de cualquier modo que sea”, mientras que “atracar” se define como “asaltar con propósito de robo, generalmente en poblado”. Por ahora, en aras de facilitar lo que quiero expresar, obviaremos el último verbo. Como se decía antes: “no confundamos la gimnasia con la magnesia.” Un pedigüeño, conceptualmente, no es un ladrón como tal (aunque unos cuantos, algunas veces, logren un resultado parecido); pero, al confundirse ambos, se mezclan dos categorías muy diferentes en una sola. Esto es un error del raciocinio que constriñe el pensamiento a un pasillo muy estrecho que puede conducir a generalizaciones sin fundamento, a falacias descabelladas o simplemente a hacer gala de una ignorancia supina. ¿Con qué intención se hizo en este caso específico? Simplemente con el afán de “suavizar”, de presentar “adornada” una situación que no puede ser “embellecida” en ninguna manera en condiciones normales. ¡Es un robo sin importar desde cuál óptica se mire! ¡Y peor si el hecho fue perpetrado por un representante de la Ley! Quien se refiere a lo sucedido clasificándolo como producto de un “martillo” está usando un recurso expresivo para describir el hecho en tal forma que no parezca tan grave, buscando hacerlo caer entre lo normal. ¡Ay de un país en que algo así pase a ser considerado como normal! Como decían los viejos: “¡Dios nos libre!” Lo importante es que debemos estar claros: si éste es un gobierno delincuente, como ha sido demostrado harto de veces durante los últimos once años, ¿qué podemos esperar de sus jerarquías más modestas? “Si los de arriba lo hacen, ¿seré pendejo para no hacerlo yo también?”, me parece escucharlos decir. Venezuela, que mal te veo… y peor aún, no queremos reaccionar…

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  2. Rubén E. Rodríguez M.12 de mayo de 2010, 9:17 a. m.

    Quiero comentar que últimamente siento más tristeza que de costumbre por todos los sucesos políticos que afligen a Venezuela. Realmente este hecho se agravó el pasado lunes con el asunto de los comentarios anónimos dejados al más reciente artículo de doña Carolina. Hay comentarios a este artículo en un rango que va desde el mío (y el propio artículo), situado del lado contrario al gobierno sin llevar la pasión a los extremos, hasta la más rastrera adherencia a éste; traducida a insultos, amenazas de toda índole y descalificaciones… amparados bajo el anónimo… Se nota el odio en estos comentarios, un odio que nace de la más completa ignorancia. La idea de permitir la opinión del lector es dejar que éste enriquezca el tema propuesto, incluso con ideas contrarias; no que se expresen críticas destructivas ni que se de rienda suelta a los prejuicios ni a frases producto de la manipulación de un grupo de poder. Todo esto me entristeció en grado sumo. Primero, por la irresponsabilidad de nuestros gobernantes, a quienes parece no importarles la suerte que corra nuestro país antes y después de que dejen el poder. Desgraciadamente, la irresponsabilidad radica en el hecho de crear un clima artificial de conflictividad social sin ninguna necesidad y sin pararle mientes a que “cuando las Furias se suelten no volverán a encerrarse hasta que cumplan su cometido…” Cualquier persona, sin necesidad de ser una lumbrera, puede darse cuenta de esto. “Se cae de maduro”, como se dice. Segundo, por la ignorancia de personas que se dejan llevar como corderos al matadero, sin siquiera pensar ni querer darse cuenta de que son los simples peones de un ajedrez diabólico tendiente a satisfacer el egoísmo de unos pocos. Esta parte es la que más tristeza me da…

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  3. Rubén E. Rodríguez M.12 de mayo de 2010, 9:22 a. m.

    El comentario anterior fue colocado aquí por error, pues corresponde al artículo “Chávez no tiene amigos”, publicado el día 10/05/2010 en el diario “El Universal” y en su BLOG (“El domo de la oca”)

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  4. Alexis Márquez Rodríguez15 de mayo de 2010, 12:40 a. m.

    LA PALABRA
    Alexis Márquez Rodríguez
    EUFEMISMOS

    En un interesante artículo Carolina Jaimes Branger plantea el tema de los eufemismos, a los cuales condena con vehemencia por su propósito de esconder la realidad de las cosas, llamándolas de un modo menos contundente de lo que es su propio nombre. Tiene razón, en la medida en que ese es el sentido exacto de la palabra “eufemismo”: “Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante” (DRAE).

    Sin embargo, no siempre los eufemismos son detestables. Son frecuentes los que disimulan las palabras llamadas obscenas. Mucha gente no sabe que “caramba”, “cáspita”, “caray”, “caracoles” son exclamaciones eufemísticas equivalentes a “¡carajo!”. Lo mismo que “cónfiro”, “cónchale”, “cónchole”, “concho!” equivalen a “¡coño!”. Son eufemismos que podríamos calificar de inocentes, que aunque no tienen la misma fuerza expresiva de sus equivalentes, de todos modos sirven para expresarnos con fuerza cuando las circunstancias no permiten usar los vocablos originales, o cuando se trata de personas que se prohíben a si mismas el empleo de aquellas palabras, que el DRAE llama “malsonantes” yo no sé por qué, pues si algo tienen es que, proferidas oportunamente suenan muy bien.

    No hay que confundir “eufemismo” con lo que no lo es. A veces, en lugar de un “eufemismo” empleamos una expresión metafórica, o de otro tipo, que quizás signifique lo mismo que otra palabra, pero con un matiz diferente. Carolina emplea como ejemplo de lo que ella condena la palabra “martillar”, considerándola equivalente de “robar”. Pero no es exactamente así. “Robar” tiene un significado muy amplio y no siempre significa lo mismo. Es decir, hay diversas maneras de robar. “Martillar” se aproxima mas bien a “estafar”, aunque generalmente en menor escala, y no creo que ella sea menos expresiva que esta.

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